El turismo llega a la Argentina indígena

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La herencia precolombina quedó en el olvido en este país pero, cada vez más, distintos pueblos se esfuerzan por recordar su legado: diaguitas y collas en el noroeste; qom, wichí y pilagá en el nordeste; guaraníes en el norte; mapuches en el sur… Algunas poblaciones han encontrado en el turismo comunitario y rural una vía para mantener vivo su legado y reactivar sus economías.

Por: Nazaret Castro

Perito Moreno, Torres del Paine, cataratas del Iguazú, la siempre bohemia, apetecible y arrebatadora Buenos Aires… Argentina es uno de los países americanos con más iconos para cualquier viajero. Con lo que seguramente no lo identificará (probablemente tampoco el porteño de clase media) es con la presencia de la población indígena en el país, herencia más invisibilizada que en otros países del entorno iberoamericano, pero que recorre la Argentina de norte a sur: según el censo de 2010, se consideraron a sí mismas como indígenas o sus descendientes más de 950.000 personas, el 2,38% de la población.

Se trata de la Argentina más desconocida: es la que se extiende por El Impenetrable, el bosque entre Chaco y Salta, o la selva yunguera entre Salta y Misiones; por el altiplano colla en Jujuy, donde Argentina se acerca a Bolivia; pero también por la Patagonia, habitada por el pueblo mapuche (“gente de la tierra”, en su lengua)…

Durante mucho tiempo, esa herencia indígena fue ocultada por el Estado argentino, que imaginaba y construía una nación “sin indios”. Hoy, las costumbres y cosmovisiones de los pueblos indígenas son rescatadas debido a un contexto político nacional e internacional más favorable con respecto al reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios.

PUEBLOS AUTÉNTICOS
A fines de la década pasada, durante la gestión de Cristina Fernández, se creó la Red Argentina de Turismo Comunitario (RATURC), que pretendía crear un espacio para el intercambio de experiencias de turismo comunitario. Con el Gobierno de Mauricio Macri no tuvo continuidad, pero en su lugar se lanzó, el año pasado, el programa Pueblos Auténticos, cuyo propósito es “contribuir al desarrollo territorial a través del diseño de una propuesta innovadora que permita fortalecer la identidad de pequeñas comunidades. De esta manera, se propicia la diversificación de la oferta turística y el fortalecimiento de aquellos destinos con características únicas a nivel nacional e internacional”, explican desde el Ministerio de Turismo. En muchos casos, esos “pueblos auténticos” están en territorios indígenas. Esta apuesta se fortaleció recientemente con la firma de un acuerdo de colaboración entre Argentina y Colombia, país que, en 2010, creó la Red Turística de Pueblos Patrimonio para generar desarrollo sostenible a través del turismo en pueblos declarados de interés cultural. El objetivo es crear una Red de Pueblos Latinoamericanos y que se reconozcan internacionalmente estas rutas.

TURISMO ANTE LA AMENAZA
El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha apoyado algunos proyectos de turismo indígena cofinanciando aquellas rutas turísticas que permiten “aumentar el nivel de ingresos de familias indígenas que participan en el turismo en Argentina”. Y desde el Gobierno central ha habido también iniciativas enmarcadas en las categorías de turismo comunitario y etnoturismo, muchas veces con participación de ONG nacionales e internacionales.

“En este país, primero se quiso exterminar a los pueblos originarios; después, asimilarlos, para finalmente, y ante el fracaso de lo anterior, insertarlos en el mercado laboral como asalariados en los últimos escalones sociales”, explica Elisa Lacko, antropóloga y licenciada en Turismo. “Históricamente, las versiones oficiales han negado que tenemos una composición indígena importante: los argentinos nos creímos el imaginario creado desde el Estado de que éramos los descendientes de ‘los europeos venidos de los barcos’ de América Latina”. Según Lacko, “ahora, en un contexto político más favorable, los pueblos originarios se visibilizan y se saben y piensan como sujetos de derecho. Esto sucede en un contexto en el que los territorios hasta ahora poblados por las comunidades indígenas se ven amenazados por la expansión de actividades extractivas como la producción sojera y forestal o la explotación petrolífera”.

Ante estas amenazas, el turismo se convierte en una alternativa económica para las comunidades de estos territorios: “El turismo, cuando es autogestionado por los propios pueblos originarios, se puede convertir en una herramienta política para las comunidades indígenas que pelean por su derecho al territorio”, subraya Lacko.

EL ENLACE CITADINO
Pero el turismo también provoca impactos. “Es la industria sin humo”, apunta la antropóloga Patricia Torres, que ha investigado el caso del Chaco, al nordeste del país. “El turismo genera muchos procesos, reconfigura los territorios y las identidades, moldea las subjetividades, genera desigualdades. El éxito o fracaso depende de cómo lo gestione la comunidad local, de si se involucra en el proceso y de si tiene el poder para hacerlo, pero también de cuál es la forma de organización comunitaria, el orden de fuerzas institucional y muchos otros factores”, añade.

Normalmente, son unos pocos quienes logran, en la comunidad, capitalizar lo que el turismo habilita: “Lo consigue la familia que capta lo que el visitante quiere ir a buscar, que suele ser la que está más cerca de la ciudad o tiene contactos en ella, y la que tiene un cierto capital para invertir o la posibilidad de conseguirlo”, aclara Torres. Como le sucede a Roberto, originario de una comunidad wichí de 3.000 habitantes en El Impenetrable y residente en Buenos Aires, donde tiene un taller de artesanía. Junto a su esposa, y con ayuda de una ONG, comenzó a enviar a su lugar de origen a citadinos interesados en conocer su pueblo, y eso terminó engendrando un pequeño emprendimiento turístico. Allí, los turistas aprenden las costumbres locales, entre ellas el trabajo con la madera que realizan los hombres y las técnicas milenarias de tejido de las mujeres. Pero, como recuerda Torres, esas identidades y costumbres se van resignificando, se transforman en el intercambio con el turista, y corren el riesgo de “folclorizarse”. “El turismo necesita globalizar y homogeneizar al mismo tiempo que localiza la diferencia. Son puntos en tensión”, concluye Lacko.

CASOS DE ÉXITO
Lacko y Torres destacan la enorme diferencia entre unos casos y otros. Por ejemplo, el Proyecto Mate, también conocido como Yyryapú Turismo Guaraní (YTG), es un emprendimiento autogestionado de base comunitaria que ofrece experiencias de etnoturismo y de turismo cultural indígena. Se ubica en la selva de Yyryapu –que significa, en guaraní, “sonido lejano de las aguas”–, en la provincia de Misiones, a la que llegan muchos turistas para ver las cataratas, pero pocos recorren otros tesoros de esta región de tierra roja e intenso verde selva. Allí, las comunidades guaraníes han buscado en el etnoturismo un modo de adaptarse a un contexto civilizador que era hostil a sus costumbres y formas de entender el mundo. “YTG es un microproducto de etnoturismo indígena de carácter genuino y autogestionado que interesa a un importante y calificado segmento de mercado”, explican los organizadores en su página web. Aunque con tensiones y contradicciones, esta experiencia, aseguran, ha permitido a las comunidades ganar autonomía.

Otro caso exitoso es el de Hornaditas, en la quebrada de Humahuaca, en Jujuy. Clara Lamas, una de las vecinas de esta localidad, de mayoría étnica colla, comenzó a trabajar con el turismo después de que, por casualidad, dos visitantes llegaron a su casa cuando se les estropeó el vehículo: quedaron tan contentos con la atención recibida que comenzaron a enviar a sus conocidos a la casa de Clara. Hoy, varias personas más han comenzado a acoger a los visitantes que, por razones de espacio, esta mujer no puede acoger.

UN ARMA DE DOBLE FILO
Pero el turismo también puede ser un emprendimiento agresivo que se impone a las comunidades. Es lo que argumentan los investigadores Sebastián Valverde, Graciela Maragliano y Marcelo Impemba en su estudio Expansionismo turístico, poblaciones indígenas mapuche y territorios en conflicto en Neuquén, Argentina. En él, mencionan el caso de Piedra Pintada Resort, en el lago Pulmarí, como paradigmático de un tipo de turismo que reproduce “un proceso de folclorización de la cultura mapuche y consolida el proceso de naturalización de una identidad indígena procesada y adaptada al gusto burgués y urbano, apropiándose de sus símbolos culturales”.

En el caso de Piedra Pintada, las comunidades mapuche denunciaron que la construcción del resort implicó alambrar una porción de su territorio, les impidió el acceso e incluso profanó cementerios indígenas, pero no les dejó a cambio beneficios. Los investigadores concluyen que “aquellos atributos propios del pueblo mapuche que se reelaboran como recursos turísticos son partes seleccionadas y hacen referencia a una cultura que tiene valor de mercado”.

“El turismo es una espada de doble filo”, sostiene Elisa Lacko. “Puede ser una alternativa económica para las comunidades y puede darle lugar a nuevas formas de organización en un mundo con problemas ambientales. Pero también hay comunidades que lo perciben como una forma de neocolonialismo”.

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