Suspiros de Portugal (y España)

COLONIA (URUGUAY)

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Objeto de deseo de ambas naciones durante siglos, la ciudad uruguaya más antigua es hoy un reducto histórico que enclaustra temporalmente al viajero, a salvo de la inmensidad que lo rodea.

Todo país tiene un origen, y Uruguay puede situarlo con exactitud sobre el mapa: Colonia del Sacramento. Durante siglos fue la fortaleza más deseada, cuando su control suponía dominar una de las dos orillas de ese mar que es el río de la Plata en su desembocadura, y tener a tiro de piedra una de las principales rutas comerciales del imperio español.

Hoy es la ciudad uruguaya más antigua y, sin duda, la más hermosa. Fundada en 1680 por el gobernador portugués de Río de Janeiro, Manuel Lobo, su paso de manos lusas a españolas y viceversa varias veces durante cientos de años convirtieron sus calles y edificios en una mezcla perfecta de ambas arquitecturas sobre un trazado eminentemente militar, al que se le añadió posteriormente un elegante estilo poscolonial. Por ello y por –hay que decirlo– el buen trabajo de restauración llevado a cabo tras décadas de abandono, Colonia es, desde 1995, Patrimonio de la Humanidad.

La Puerta de la Ciudadela
La Puerta de la Ciudadela

 La mejor opción es llegar a ella desde Buenos Aires no solo por cercanía (las separan unos 50 kilómetros), sino por belleza: mientras se cruzan las aguas rojizas del Plata, aun sabiéndose en un río, durante un tiempo prolongado se pierde toda referencia terrestre. De pronto, se recorta el cabo en el que se asienta la ciudad y, sobre él, el faro y las torres de las iglesias. El resto del barrio histórico se mantiene casi oculto, en un recuerdo convincente de la necesidad de preservar la ciudad mediante la falta de información sobre su trazado.

Una vez en ella, el viajero comienza a hacerse una idea de su morfología. En Colonia, la arquitectura portuguesa se amalgama con la española en sucesivas capas, en un paisaje urbano que mezcla calles largas y plazas grandes unidas por angostos callejones empedrados y rincones que llaman a la privacidad, todo ello flanqueado por edificios construidos en piedra de una sola planta. Un pequeño y amurallado reducto en el que, cuando se pierden las referencias visuales del río, se tiene la sensación, extraña en un continente donde la inmensidad es constante, de estar, por fin, en un lugar hecho a la medida del ser humano.

LA GRAN DISPUTA TERRITORIAL

La Nova Colônia do Santíssimo Sacramento, fundada en 1680 frente al Virreinato de la Plata, no fue sino una más de las incursiones portuguesas en territorio supuestamente español debido a la imprecisión de la línea demarcada por el Tratado de Tordesillas que, en 1494, dividió la navegación por el Atlántico y la Conquista del Nuevo Mundo entre España y Portugal mediante un meridiano situado a 370 leguas hacia el oeste de las islas de Cabo Verde.

Sin embargo, los problemas fueron sucesivos, toda vez que las islas caboverdianas son varias y las 370 leguas se medían para los españoles desde una de ellas y, para los lusos, desde otra. La cartografía de la época, bastante rudimentaria, movía además ese meridiano a su antojo. Colonia supuso, por ello, una disputa continua: hasta tres veces fue portuguesa y otras tres española. En 1777 se logró por fin la completa hispanidad de la ciudad.

El faro es la primera referencia de esa escala. Construido en 1857, se alza sobre las ruinas de una de las torres del convento jesuita de San Francisco Javier, de 1704, de oscuras paredes desmoronadas. Si el acceso a la ciudad se produce por tierra, la mejor y más romántica forma de entrar en ella es por la Puerta de la Ciudadela, alzada en 1745 por los portugueses –ahora reconstruida–. Junto a ella, el foso, las murallas y los cañones dan idea de la antigua fortaleza. Tras su puente se llega a una gran plaza en la que se adivinan vestigios de otras épocas y desde la que articular el resto de visitas.

SUSPIROS Y MÁS SUSPIROS

Sin duda, una de las más importantes es la de la calle de los Suspiros. Bajo tal nombre se traza una vía con adoquines originarios de la época en la que se construyó la ciudad y rodeada de las casas que la conformaban hacia 1700. Se puede decir que este tramo es la Colonia más pura, aquella que constituyeron los lusos en sus inicios. Su pendiente cae sobre una espectacular vista del Plata, y su romántico nombre podría venir de los suspiros de los presidiarios que iban camino del río para su ejecución o de las prostitutas que cohabitaban en ella. Al atardecer, la media luz de los faroles acompaña aún más la inspiración; lo mejor para romper con tanta melancolía en entrar en cualquiera de estas antiguas casas que son ahora tiendas de artesanía.

Otro lugar importante es la iglesia Matriz, también de origen portugués –hacia 1680–, reconstruida varias veces, pero que ostenta el título de templo católico más antiguo de Uruguay y está situada frente al lugar en el que se fundó la ciudad, la plaza de Armas. Muros gruesos, un interior desnudo y sencillo y muy restaurado pero que aún mantiene ciertos elementos del edificio original. Junto a ella, merece también una visita el Bastión del Carmen, construcción de 1880 que alberga el centro cultural y el teatro de Colonia. Las ruinas de la Casa del Virrey o la Rosada, que recrea el interior de una vivienda portuguesa de la época, son otros lugares a no saltarse en el recorrido.

¿Qué queda? Pasear: muchas de sus calles mueren en cualquiera de las tres fachadas fluviales de la localidad, de espectaculares vistas. Si se sigue la de las Misiones de los Tapes, se alcanza un paseo donde mezclarse con los ciudadanos de Colonia o visitar el museo del Azulejo, uno de los ocho de la ciudad. Desde aquí, el viajero decide: o dar el salto de nuevo a la vastedad americana o sentirse, un rato más, recogido en este suspiro de tierra que dio lugar, desde su modestia, a todo un país.