Berlín, la ciudad mutante

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Berlín
Un resto del Muro de Berlín adorna el exterior del hotel Nhow Music & Lifestyle.

El cambio constante de piel es la mayor seña de identidad de Berlín. La capital alemana es una urbe cambiante donde las leyes de la creación tienen otros límites y que vive en un huso horario propio, forjado de pasado y futuro.

Por Clemente Corona

Una ciudad que transforma sus solares y espacios públicos en chiringuitos playeros (el más conocido, el Arena Berlín); sus estudios de televisión, en centros de creación (la Funkhaus, que fuera la inmensa sede central de la televisión germano-oriental) y los muros contra los que se mataba a gente en museos de arte al aire libre (el mayor tramo que se conserva del Muro de Berlín, cubierto de estupendo arte urbano, es hoy la East Side Gallery), ¿qué es, si no una ciudad mutante? “La mayor extravaganza cultural que puedas imaginar”, dejó dicho sobre ella el mayor mutante de la historia, David Bowie, que se mudó a la ciudad con Iggy Pop a mediados de la década de los 70 del siglo pasado para huir de sus adiciones y encontrar nueva inspiración para su música.

Bowie grabó tres discos magníficos (conocidos como la trilogía berlinesa) que fueron banda sonora del efervescente y eléctrico Berlín de la época, partido en dos, que estaba viendo nacer la música tecno, donde los okupas se convertían en héroes urbanos y, al otro lado del muro, el silencio lo cubría todo (por cierto: medir y mostrar ese silencio vital es lo que consigue el imprescindible DDR Museum, donde el visitante se siente como la protagonista de Good Bye, Lenin!). Cuarenta años más tarde del reinado berlinés del Duque Blanco, Boys keep singing suena como entonces en los clubes de Berlín que es, más aún que entonces, una de las capitales mundiales de la cultura, de las tendencias, de la noche. De la vida, en suma.

Kreuzberg aún conserva su sabor popular entre fruterías abigarradas y locutorios

El Altes Museum, junto a la catedral, y el Pergamon albergan una impresionante colección de arte antiguo.

Y lo es por miles de motivos, ninguno de los cuales es entendible sin los propios berlineses, mutantes también, procedentes de las cinco esquinas del mundo, criados en cuantos idiomas, credos y modos de vida existen. Berlín como faro que ha alumbrado, por citar a algunos, a U2 y Vladimir Nabokov, a Albert Einstein y Marlene Dietrich, a Bertolt Brecht y a Walter Bejamin, y a quienes solo el paraíso mutante de Berlín podría acoger como lo hizo.

Son ellos, sus habitantes, quienes celebran la reinvención perpetua de esta ciudad, a la que algunos de ellos han visto trocarse de capital imperial a ciudad arrasada hasta los cimientos para, luego, ser partida por un muro y, desde ahí, otra vez capital y corazón alemán –que no cerebro ni cartera: ¿hay un lema de mayor éxito en la historia del marketing aplicado a las ciudades que aquel “Berlín es pobre, pero sexy”, que perseguirá por siempre a su autor, el alcalde Klaus Wowereit?–.

Berlín es puro cambio constante: “Estamos hablando de una ciudad que es un ser vivo, que ha estado cambiando toda la vida”, confiesa Wolfgang Siesling, uno de los fotoperiodistas más célebres de la ciudad (ha publicado sus trabajos en Playboy, Artmapp o Max, y expuesto en Berlín, Stuttgart o Viena), que vive en la ciudad desde 1993. “Entonces, cuando reinaba el punk, muchos berlineses dejaron la ciudad porque no había trabajo en ella. Pero luego llegaron los años del tecno, y un montón de gente joven de todo el mundo vino a la ciudad para trabajar en el sector tecnológico”.

La plaza Gendarmenmarkt, con el Konzerthaus (sede de la Sinfónica de Berlín)

SOBRE RUINAS Y ‘HIPSTERS’
Berlín hoy se presenta embellecida por avenidas brutalistas de extensiones imposibles, centenares de museos y galerías (algunos de los mejores del mundo se concentran en la Isla de los Museos, que sobrevivió al horror de la guerra), miles de parques y jardines y más de una cicatriz que la Historia ha dejado en ella para siempre, como la iglesia del Káiser Guillermo, con sus tres cuartas partes destruidas durante la guerra, que no fue demolida por el empeño de los berlineses en mantenerla como recuerdo de la guerra y cuyo campanario adorna una nueva iglesia y una torre tan alta como ella que acoge una tienda de recuerdos para turistas. A sus espaldas está lo hedonista, lo contemporáneo: el espectacular centro comercial Bikini Berlin, un edén consumista de tiendas efímeras construidas en madera y desde cuya terraza se puede contemplar, copa en mano, cómo juegan los monos del zoo adyacente. Iglesia, guerra, souvenirs, hipsters, fauna salvaje: todo cabe en un vistazo.

La ciudad tiene muchos corazones, pero uno late con más fuerza: la puerta de Brandeburgo. Hace pocas décadas, cuando marcaba la Zona Cero de la frontera entre las dos Alemanias que hicieron de Berlín su mayor herida, la puerta era tierra de nadie, vigilada por los guardias de ambas fronteras; hoy, la plaza de París, la explanada que rodea a esta antigua puerta de entrada a la ciudad (fue construida entre 1788 y 1791) es el lugar preferido por los berlineses para sus celebraciones, desde la llegada del año nuevo a los títulos deportivos de Die Mannschaft, la selección de fútbol. En la plaza arranca el Tiergarten, el parque más grande de una ciudad que presume de tener el mayor número de ellos en toda Europa (más de 2.500), y a ella se asoma el hotel Adlon Kempinsky, por el que ha pasado todo político, intelectual o famoso en la ciudad (de Thomas Edison a Franklin Roosevelt, pasando por un Michael Jackson cuya imagen blandiendo a su bebé asomado a la ventana de su suite ante el horror de sus fans dio la vuelta al mundo).

La Brunnenstrasse, en el centro, una de las zonas más ‘cool’ de la ciudad.

Sir Norman Foster firma otro de sus iconos arquitectónicos, el Reichstag, que está a medio camino entre la puerta y otro de esos corazones, la Postdamer Platz, que ejemplifica a la perfección el carácter mutante de la urbe y el éxito de la reunificación. Tras la caída del Muro, en 1989, la plaza, que siempre fue la más importante de la ciudad, se convirtió en un lugar abandonado, repleto de sus escombros y fragmentos; hoy, es un museo de arquitectura al aire libre, con cines, hoteles de lujo y algunos de los rascacielos más impresionantes de Europa, bajo cuya sombra pasan cada día centenares de miles de berlineses, y donde el único fragmento de muro que se conserva se encuentra a más de cien metros de altura, en el Panorama Punkt, uno de los bares más exclusivos de la ciudad, en la azotea de la torre Kollhoff.

EL IMÁN DEL ESTE
En plena Guerra Fría, Berlín Occidental era visto como un Shangri-La para legiones de jóvenes de todo el Primer Mundo que cambiaron los horrores de la guerra de sus padres por el hedonismo del “no hay mañana”. El ritmo de la ciudad lo marcaban los clubbers, músicos y DJ que parieron géneros musicales como el house y el tecno y que convirtieron en catedrales a clubes como el Berghain, heredero del mítico Ostgut, o el SO36, ambos en Kreuzberg. Y también okupas de todo tipo que, durante décadas y hasta pasada la caída del muro, hicieron resucitar barrios como Mitte, convertido desde entonces en brújula del arte contemporáneo (con el centro de arte ocupado de Tácheles, la Galerie Eigen + Art o el KW Institute como puntos cardinales), o Kreuzberg, barrio de acogida de emigrantes convertido en uno de los centros hipsters por excelencia de Europa, que aún conserva su sabor popular entre fruterías abigarradas, locutorios y cafeterías repletas de freelancers.

 

LA DERIVA HACIA EL FUTURO
Pero es cierto que Berlín ya no es (o no tanto, al menos) la ciudad barata para los artistas que siempre fue. La ciudad fue pionera en experimentar en carne propia la gentrificación –qué fue si no la recuperación afortunada, masiva y casi inmediata que supuso el descubrimiento del Berlín Oriental tras la caída del muro–, con el barrio de Friedrichshain a la cabeza, donde los bajos alquileres atrajeron a miles de personas que lo han convertido en uno de los barrios más vitalistas de la ciudad, donde los okupas siguen haciendo suyas calles como la Rigaer Strasse (el centro cultural Rigaer 94 es imprescindible), y las terrazas de restaurantes y bares llenan durante todo el año las aceras de Simon-Dach-Strasse.

Un antiguo Berlín Este que tenía en la plaza más grande de todo Alemania, la Alexanderplatz, una ventana al mundo y que hoy es un museo al aire libre de rotunda arquitectura socialista, donde destacan la Fernsehturm, la torre de televisión más alta de Europa, con 368 metros de altura; el Reloj Mundial y la Fuente de la Amistad, marco para una sucesión de escenas cotidianas: vendedores ambulantes de salchichas con su cocina de gas colgando de la espalda; tranvías cediendo el paso a personas mayores; punkies comparando habilidades con el patín; familias con origen en cualquier parte imaginable del mundo tomando el sol… Todo ello da forma, de un solo vistazo, a un escaparate 100% berlinés. “Berlín es un puerto franco para cualquiera, ¡y quién sabe lo que será mañana!”, recuerda Wolfgang Siesing. Será, seguro, tan excitante como lo es hoy.

‘MELTING POT’ A LA ALEMANA

Con más de 3,6 millones de habitantes, Berlín es la ciudad más poblada de Alemania. De ellos, aproximadamente el 20% ha nacido fuera del país, con la comunidad turca como la más numerosa. Pero los orígenes de los berlineses están en todo el mundo: más de 190 nacionalidades residen en la ciudad. Estos son algunos ilustres ejemplos..

DANIEL BRÜHL
Al verle en la gran pantalla interpretando a un villano de Marvel o a Nicki Lauda, tal vez se le olvide que Daniel Brühl nació en Barcelona de padre alemán y madre española. Uno de los mejores actores mundiales de su generación, e inolvidable en su papel en Good Bye, Lenin!, a Brühl es sencillo encontrarle tras la barra de su bar Raval, en Kreuzberg.

JÉRÔME BOATENG
De padre ghanés y madre alemana, el futbolista más talentoso que ha dado Berlín en los últimos años lo ha ganado todo: ligas, Champions, el Mundial… Debutó como profesional en 2006 en el Hertha Berlin y, desde entonces, se ha consolidado como uno de los mejores centrales del mundo en el Hamburgo, el Manchester City y el Bayern de Múnich.

MICHAEL KEMPF
Si hay un chef que hace de la fusión, bandera, ese es Kempf, que mezcla como nadie lo tradicional con lo foráneo. “Nuestro cocina está influida por culturas culinarias de todo el mundo, de aromas y sabores que no conocíamos, y eso la está mejorando”, declara siempre. Dos estrellas Michelín adornan su restaurante FACIL, en el Mandala Hotel.

EN LA MALETA

Cuando de compras se trata, Berlín apenas tiene rival. Sobre todo en dos aspectos: arte y objetos de segunda mano. La pujante escena cultural de la ciudad espolea el increíble número de galerías y estudios, presentes en cada barrio. Y lo mismo sucede con sus mercadillos, de dimensiones (y tesoros) considerables..

ARTE Y LIBROS
Las galerías de arte –y, con ellas, compradores, marchantes y artistas– han llegado también a Kantstrasse y, muy cerca, en la bellísima plaza de Savignyplatz, se puede perder la noción del tiempo curioseando entre los volúmenes de Bücherbogen, una de las mejores librerías de arte de Alemania, que en los tiempos de la RDA era un taller clandestino donde se trucaban coches para huir al lado occidental, o en las más de 50 tiendas de diseño del centro comercial Stilwerk.

MAUERPARK
En Prenzlauer Berg está el mercadillo de Mauerpark, inmenso y el más popular de la ciudad en el que hay, literalmente, de todo: desde imaginería soviética a alimentos frescos de cualquier parte del mundo, pasando por instrumentos musicales y un escenario donde cualquiera puede cantar ante el público. La cita, todos los domingos de 8.00 a 18.00.