Etiopía, en las alturas y en las entrañas de Dios

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La espectacularidad de las pinturas de estilo bizantino de la iglesia de Abuna Yemata Guh se redobla al conocer su ubicación: a casi 2.600 metros, en la cima de una de las montañas de Gheralta, en la región de Tigray.
Nación cristiana en un entorno completamente musulmán, la antigua Abisinia ha sabido preservar su excepcionalidad religiosa a base de ocultarla. Tras siglos de aislamiento y de una peculiarísima evolución de sus ritos, el país comienza a compartir esos escondites milagrosamente conservados.

Por Francis Pachá

En Etiopía, los cristianos ortodoxos, más del 50% de la población, encuentran a Dios a 2.000 metros de altura o a unas cuantas decenas de metros bajo el suelo. Para el viajero, tal despresurización se traduce en un arduo ascenso a cualquiera de las 150 iglesias descubiertas en las cimas de las montañas de Gheralta, en la región de Tigray (al norte, fronteriza con Eritrea) o en un descenso a los 11 templos Patrimonio de la Humanidad de Lalibela, que son en realidad un remedo de la Jerusalén bíblica excavado, literalmente, bajo tierra.

Esta división no es extraña en un país que parece moverse siempre en dualidades no maniqueas en las que sus habitantes conviven sin conflicto. Ellos mismos son un ejemplo: su nombre, etíopes, procede del griego y significa pueblo de las caras quemadas, toda vez que el tono rojizo (más claro) de su piel resulta de la mezcla secular entre semitas del sur arábigo y la originaria población negra del cuerno de África. Pero no es la única: su orografía, su religión y su riqueza artística también se mueven entre dos aguas: tres elementos que son, precisamente, los que caracterizan un viaje a las alturas y a las entrañas de la espiritualidad etíope.

Las montañas de Gheralta.

DE LA REINA DE SABA A LA SOLEDAD CRISTIANA
Para entender este desnivel hay que conocer la excepcionalidad de Etiopía, el único de los países africanos que nunca fue colonizado. La tradición sitúa aquí el mítico reino de Saba, cuya reina, atraída por las noticias que llegaban del norte sobre un gran templo y un gran rey, no dudó en organizar una comitiva para visitar a Salomón. De sus amoríos con él nació un niño que, con el tiempo, fue reconocido por su padre y, como tal, lo convirtió en guardián del Arca de la Alianza (depositaria de los Diez Mandamientos), en cuyo trayecto hacia Abisinia (del árabe habbash, mezcla de pueblos), fue escoltado por los falasha, una de las tribus perdidas de Israel. Tales claves, admitidas a pies juntillas por cada uno de los etíopes y cuya creencia amalgama realmente su actual espíritu de nación, los convierten nada menos que en descendientes directos de tan mítica línea regia y en protectores de uno de los símbolos más sagrados para judíos y cristianos.

De hecho, la presencia de estos últimos está atestiguada en Etiopía de manera ininterrumpida desde el siglo IV tras la llegada de dos hermanos monjes de Tiro al, por entonces, esplendoroso reino de Axum y a la posterior conversión de sus monarcas. Un siglo después llegaron nueve monjes sirios que se encargaron de extender esta religión por todo el reino. Sin embargo, un hecho traumático afectó de manera indefectible lo que parecía ser una prolífica unión entre poder terrenal y divino: el nacimiento del Islam, que ya en el siglo VIII había penetrado con tal fuerza en la región que dejó literalmente aislado a Axum, cortando cualquier línea de comunicación con el resto del mundo cristiano. Con el paso del tiempo el reino también perdió su salida al mar (Eritrea) a manos de los musulmanes, lo que le hizo languidecer hasta su total extinción.

Su fidelidad religiosa sitúa a Etiopía, merecidamente, entre los lugares turísticos más distintos del mundo

¿Es necesaria esta sucesión de hechos y fechas para entender un recorrido por la Etiopía más espiritual? Absolutamente. Esa insularidad religiosa tan temprana convirtió el cristianismo etíope en una rareza toda vez que, en su primitivismo, mantiene ritos y formas muy próximos a los expuestos en la Biblia y unas profundísimas semejanzas (observancia del shabat, días regulares de ayuno, la circuncisión al octavo día…) con el judaísmo. La localización de sus iglesias y la división de su interior, el estilo de las pinturas representadas en ellas, sus textos sagrados (algunos apócrifos para el resto de los cristianos) o la lengua en la que están escritos y son recitados (ge’ez, hermano del árabe o el hebreo y del que deriva el amariña, oficial en Etiopía) son fósiles vivientes que permiten sumergirse, una vez contextualizados, en la ortodoxia religiosa pura de un país heterodoxo como pocos.

TIGRAY, EN LAS ALTURAS
El viaje comienza en la carretera que une Mekele, la capital de Tigray (a una hora de avión de Adís Abeba), con Adigrat. En ella se encuentra Wukro, un pequeño pueblo con un único pero potente atractivo: ser el acceso a Abreha we Atsbeha, la primera gran iglesia de esta zona y cuyo recinto y su monumentalidad preludian ya su importancia. La fachada (ahora semioculta por un pórtico de estilo italiano añadido) está tallada sobre una impresionante pared de piedra que corta en seco la suave y pedregosa colina de acceso.

Biet Georgis es el templo más conocido (y el único apartado del resto) de los 11 que comprenden las iglesias excavadas bajo tierra de Lalibela, Patrimonio de la Humanidad.

Rodeada de un alucinante paisaje de tierras rojizas tapizadas de verde africano, la distribución de la iglesia, heredada del judaísmo, es igual a la de todos los templos etíopes: planta octogonal o circular, orientación oeste-este (puerta de acceso-altar) y tres partes bien diferenciadas. La primera es el sanctasanctórum, oculto siempre tras cortinajes y cuyo acceso se permite exclusivamente al sacerdote; dentro se venera el tabot, un pequeño cofre replicado en cada una de las iglesias del país que guarda una copia del Arca de la Alianza. Le siguen el keddesh, donde el sacerdote proclama las santas escrituras, y el coro, donde los fieles las reciben.

Este lugar es solo el aperitivo al gran viaje a las cimas de las montañas Gheralta, una especie de far West americano formado por inmensos y redondeados farallones de piedra casi verticales rodeados de una amplísima llanura. En sus cumbres se han registrado algo más de 150 iglesias, aunque se estima que podría haber más de 200. De todas, la de Abuna Yemata Guh, a unos 14 kilómetros de la de Abreha we Atsbeha, es la más impactante.

Para llegar a ella se necesitan, desde la carretera de acceso, 45 minutos de caminata ascendente hasta desembocar en una pequeña pared vertical convenientemente horadada para ser escalada sin demasiado esfuerzo, aunque es recomendable hacerlo siempre con ayuda. Superarla merece la pena: después de dos o tres repechos se alcanza una ondulación de la pared de la montaña que sirve de apoyo a una pasarela de roca natural. A casi 2.600 metros de altura, la caída desde ella deja sin aliento, aunque no tanto como lo que se encuentra al final: la entrada al templo, un interior de pinturas murales que suponen una labor pictórica de suelo a techos verdaderamente abrumadora y conservada casi intacta desde su origen, entre los siglos XIV y XV.

Su estilo, bizantino, retrotrae aún más al primitivismo cristiano: figuras toscas, hieráticas, de enorme intensidad expresiva, de una frontalidad aún más intensificada por el tono oscuro de la piel, que choca directamente con cualquier representación religiosa occidental. Aquí, la Virgen, los santos, los apóstoles, los arcángeles, son abisinios. Sin hueco para los espacios vacíos, la perspectiva y la proporcionalidad no existen, y el movimiento apenas se consigue si no es a base de dar volumen a las figuras, lo que elimina cualquier majestuosidad para alcanzar un objetivo eminentemente didáctico para un pueblo por entonces no solo analfabeto, sino también aislado de cualquier estímulo cristiano exterior.

LALIBELA, BAJO TIERRA
Cerca de seis horas por carretera separan Wukro de Lalibela, el gran centro espiritual etíope. A pesar de su lejanía, su buena conexión aérea con Adís Abeba y el nombramiento en 1978 de sus 11 iglesias excavadas en la roca como Patrimonio de la Humanidad pusieron a la región de Amhara (fronteriza con Tigray) en el mundo. Si se llega a ellas desde Gheralta, el contraste entre la soledad de las anteriores y el burbujeo turístico de estas es considerable. De nuevo, la historia explica el porqué de la construcción de estos templos subterráneos.

Nacidos bajo la dinastía zagwe durante los siglos XII y XIII, fue su rey, Lalibela (que dio nombre a la ciudad) el que decidió erigirlos para crear una réplica un tanto sui géneris de Tierra Santa en Abisinia, toda vez que peregrinar a Jerusalén resultaba extremadamente peligroso al tener que cruzar miles de kilómetros de territorio musulmán sin apenas defensa. Su construcción bajo tierra permitía, además, evitar que fueran divisadas y, por ello, quedaban preservadas de cualquier ataque. Eso las hizo únicas toda vez que, tras tallar los exteriores, se vaciaron los interiores de manera totalmente manual.

Las iglesias se dividen en dos grupos, separados por un canal llamado Yordanos y que, igual que el Jordán dividía Palestina en dos, así divide él los templos al este y al oeste, aunque todos ellos se comunican por túneles y pasadizos. Lugar de rezo, es obligado ver a los peregrinos que, túnica blanca atada al hombro y báculos en mano, van de un lado a otro deteniéndose en su particular vía crucis para representar los principales dogmas del cristianismo, desde el bautismo de Cristo hasta su resurrección. Que nadie se extrañe, además, de encontrar aquí a personas de otras creencias: una de las más maravillosas sorpresas de Etiopía es que, independientemente de la religión profesada, la sacralidad de los lugares está por encima de la deidad, por lo que no se restringe ni el acceso ni la permanencia.

Aunque todos memorables, hay tres templos que destacan. El primero lo encuentra el viajero nada más descender al complejo. Se trata de Biet Medhani Alem (Casa del Salvador del Mundo), el templo monolítico más grande del mundo, y desde cuya base se puede intentar imaginar el trabajo de excavación realizado para dejar exenta nada menos que una basílica de cinco naves. Biet Mariam (Casa de María), de exterior bastante simple y tejado a dos aguas, impresiona en su interior, gracias a la riqueza de sus frescos y a la única columna que sostiene todo el peso del techo. Apartada de las demás, encajonada en una oquedad cuadrada, se encuentra Biet Georgis (Casa de San Jorge), la última en ser construida, la mejor conservada y la más reconocible gracias a su techo, en forma de cruz.

Sin duda, un remate espectacular no solo para todo el conjunto, sino para un recorrido espiritual que demuestra la excepcionalidad de un país mejor conocido por la antropología (Lucy y los primeros homo sapiens descubiertos vivieron aquí) y por pasadas hambrunas y guerras y cuya fidelidad y perseverancia religiosa la sitúan hoy, merecidamente, entre los lugares turísticos más distintos (y distantes) del mundo.

MÁS ALLÁ DEL ATLETISMO

Pocos son los nombres propios de fama mundial que Etiopía ha exportado al resto del mundo, casi todos procedentes del atletismo: Abebe Bikila, Mirtus Yifter, Mamo Wolde, Haile Gebreselassie… Sin embargo, otros comienzan a despuntar en variadas disciplinas para intentar mejorar su país tanto desde dentro como desde fuera.

YOHANIS GEBREYESUS HAILEMARIAM
Conocido como Chef Yohanis, este cocinero es el primero que, desde el restaurante que lleva su nombre, ha conseguido exportar los sabores y texturas de la cocina etíope al mundo sin moverse de Adís Abeba. A ello ha aplicado las técnicas y calidades culinarias de las gastronomías occidentales, en las que se formó.

GRETA FRANCESCA IORI
Italo-etíope radicada en Londres, trabaja incansablemente para denunciar cualquier tipo de tropelía y crimen contra la naturaleza ante la ONU. Su país de origen la ha contratado, además, como consejera para la lucha contra el tráfico ilegal de marfil y para el desarrollo, crecimiento y explotación turística responsable de varios parques naturales.

LIYA KEBEDE
Modelo internacional nacida en Adís Abeba, ha desfilado para Ralph Lauren o para Gucci (elegida personalmente por Tom Ford) y ha posado para campañas de Dolce & Gabbana, Lanvin, YSL, Louis Vuitton o Balenciaga. Embajadora de buena voluntad de la OMS, cuenta con una línea de ropa para niños hecha de forma artesanal en Etiopía.

LA ETIOPÍA TRIBAL

El tránsito entre Abisinia y Etiopía se produjo al extender el antiguo reino cristiano sus dominios hacia el sur. Incorporaba así tribus y pueblos ajenos a su historia, pero también le permitía modular un estado-bisagra entre el norte musulmán y el sur animista y añadir culturas tribales que, hoy, suponen ese otro gran aliciente para visitar el país. Los hamer y los karo son un ejemplo.

LOS HAMER
Son unos 30.000 y viven entre el río Omo, el Parque Nacional Mago y la frontera keniata. Las mujeres se embadurnan el pelo con una mezcla de barro y grasa animal. Los ensente (collares alrededor del cuello) marcan el prestigio y dinero del marido. También se adornan con conchas, brazaletes y pendientes.

LOS KARO
Ubicados en el río Omo, son apenas un millar, pero muy conocidos gracias a sus espectaculares trabajos de decoración corporal a base de pintura blanca. Sus imponentes creaciones se completan con escarificaciones corporales, trabajados tocados en la cabeza e inmensas arandelas que les atraviesan las orejas.