Ginebra, la inexactitud suiza

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La cortina de agua del Jet d’Eau caracteriza la ciudad.
La más informal de las formales ciudades helvéticas se abre al mundo con cierta rebeldía de niña traviesa al saberse hecha en un molde suizo, rellena por igual de altruismo e ingeniería bancaria y cocida al fuego lento de la bienintencionada burocracia mundial.

Por Francis Pachá

Una de las más fastuosas y desconocidas colecciones literarias del mundo se encuentra en Ginebra. De la misma forma que cada una de sus piezas únicas cayó en manos de su hacedor (Martin Bodmer, erudito y millonario bibliófilo), así se dejan caer por la ciudad sus visitantes: discreta, seleccionadamente. No obstante, la fundación que custodia estas joyas, ubicada en Cologny, a las afueras de Ginebra y a los pies del lago Leman, aparece sucintamente (y no siempre) en las guías generalistas. Eso, a pesar de atesorar 160.000 primeras ediciones, obras manuscritas o incunables como el Papiro 66 (la versión más antigua conservada –siglo II– del Testamento de san Juan), el evangelio gnóstico de Judas, la Oratoria de Cicerón anotada por Petrarca, 400 versos del Fausto escritos por la mano de Goethe o primeras ediciones de obras de Shakespeare (Macbeth), Cervantes (El Quijote), Molière (de casi todas sus obras), Calderón (La vida es sueño), de la Biblia de Gutenberg o de las Tesis de Lutero. Quizá porque, al igual que Bodmer imprimió dos características típicamente suizas a su magnética colección (orden y mucho dinero), de su conteo de visitas emana otra: la discreción.

Con esta última virtud, Ginebra es hoy una rara avis que no ha hecho sino beneficiar su desarrollo (bancario incluido) y convertirla en lugar de recalada de organizaciones, empresas y personajes ilustres. Pero algo le debe también a su otra cara: la de ser la menos helvética de las ciudades del país. Eso no significa que aquí un tren se retrase, se encuentre un papel en el suelo o la indiferencia hacia el otro sea menor a la cantidad de perdones emitidos ante el mínimo roce. Pero sí es cierto que, como centro de la internacionalidad administrativa y embudo de trabajadores de todo el mundo, la tranquilidad suiza se resquebraja en forma de mayor espontaneidad, animadas conversaciones y un callejeo más despreocupado que, en Suiza, ya es mucho decir.

La plaza Molard, algunas de cuyas baldosas se iluminan por la noche con mensajes en lenguas de todo el mundo.

EL MUNDO EN UNA PARTÍCULA
Esa singularidad ya es palpable cuando el universo y el planeta están separados tan solo por unos cuantos cientos de metros. Al noroeste de la ciudad se ubica el palacio de las Naciones Unidas, sede de la ONU. La colección de banderas ondeantes impresiona, aunque el aspecto funcionarial del conjunto lo rompe la maravilla artística que supone la cúpula de la Sala de los Derechos Humanos, conocida como la Capilla Sixtina de la ONU y obra de Miquel Barceló. La inquietud inicial da paso al hipnotismo de observar sus 1.400 m2 y 35.000 kilos de pintura que aglutinan su particular representación de un planeta-cueva azotado por las olas que moldean cientos de afiladas estalactitas, algunas de más de 50 kilos de peso. Este regalo artístico es uno de los espacios más rupturistas de tan burocratizado edificio.

Con absoluta cordura callejera, la avenida de la Paz une los cuarteles generales de la ONU con el Museo de la Cruz y la Media Luna Roja, un recorrido por la aventura humanitaria que un día puso en marcha el ginebrino Henri Dunant y cuyo origen queda mucho más cerca del corazón de la urbe: en el número 4 de la calle Puits-Saint-Pierre, donde una placa conmemorativa recuerda que ahí se realizaron las primeras reuniones del comité internacional de la organización en 1864.

Pero antes de viajar al centro de la ciudad hay que hacerlo al centro mismo de la vida: el CERN, muy cerca de las otras dos instituciones, es la sede de la Organización Europea para la Investigación Nuclear y el mayor laboratorio de física de partículas. Su Globo de la Ciencia y la Innovación, de 27 metros de alto y 40 de diámetro, es la metáfora hecha arquitectura del mundo y, por ende, del universo; no en vano, aquí se inventó la World Wide Web pero también aloja el Gran Colisionador de Hadrones (LHC, en inglés), que llevó a la investigación científica hasta los confines del universo con el hallazgo del bosón de Higgs.

LUZ Y TINIEBLAS
Ginebra, sin embargo, sabe de precisión desde hace siglos. Ya en el centro lo demuestra el Museo Patek Philippe (gloria de una industria relojera famosa en todo el mundo, con piezas desde el siglo XVI), y también el trazado de su núcleo originario, pequeño (la ciudad no llega a los 200.000 habitantes) pero suficientemente contrastado como para que cada uno encuentre su lugar. En una pequeña urbe en la que nació el altruismo más puro y que aloja, probablemente, algunos de los depósitos de dinero más grandes del mundo, no podía ser de otra manera. Para ir detrás del rastro de estos últimos, lo mejor es pasearse por la rue du Rhône, donde las grandes boutiques son asaltadas desde las puertas de los coches de lujo aparcados frente a ellas. Una experiencia más accesible es recorrer el Quartier des Bains, que desdibuja su frontera con el de Vieille-Ville. En el primero, el animado ambiente de bares y restaurantes se complementa con una sucesión de galerías de arte que, junto al MAMCO (Museo de Arte Moderno y Contemporáneo), convierten el área en emanadora del arte suizo más actual y que, tres veces al año, toma las calles con Les nuits des Bains.

La Ginebra más suiza se encuentra en la Vieille-Ville y el barrio de Bains, cuyas calles suponen el centro artístico de la ciudad.

Más tranquila y serena, la Vieille-Ville asciende y desciende por suaves colinas pavimentadas: recorrer la Grand-Rue o visitar la Maison Tavel, ejemplo de la arquitectura civil medieval del país, es saberse indubitablemente en Suiza. Sus callejones y pasadizos desembocan, invariablemente, en la catedral de San Pedro, un recordatorio de que, en Ginebra, la Reforma de Lutero rizó el rizo tras acoger a Juan Calvino y crear, junto a Guillaume Farel, una teocracia que llevaría de proteger a los protestantes franceses de los ataques de los católicos a quemar en la hoguera, en la colina de Champel, al español Miguel Servet por herejía. En un edificio lateral al templo, una placa indica que allí se encontraba el antiguo claustro de la catedral, en el que los ginebrinos adoptaron la Reforma en 1536. El baño de reformismo termina a lo grande en el parque Bastions, en el que se puede ver el Muro de los Reformadores con las estatuas esculpidas de Calvino, Farel, Bèze y Knox y el lema de la ciudad, adoptado tras su conversión: Post tenebras lux (Después de la oscuridad, la luz).

ILUSTRÍSIMOS CADÁVERES
Aun así, Ginebra ha sido siempre ciudad de acogida. Aquí nació y vivió Rousseau, pero se sintieron como en casa Voltaire, Musil (adonde llegó huyendo de los nazis) o Borges. Estos dos últimos comparten, además, cementerio: el de los Reyes. Pequeño, ideal para imitar a los propios vecinos y montar un pícnic en sus explanadas y sin ninguna indicación, regala al curioso las tumbas de ambos escritores: la del autor de El hombre sin atributos, un elegante monolito en mármol y un busto en bronce; la del creador de El Aleph, una lápida que mezcla una antigua batalla en la Nortumbria del siglo VIII con inscripciones en inglés antiguo y una cruz celta, emanación del propio ser del escritor.

La noche se vive en Carouge y las compras ‘vintage’, en Plainpalais

La supuesta tumba de Calvino (un pedazo de tierra perimetrado) pierde todo el interés al descubrir, no muy lejos, la de Grisélidis Réal. Muerta en 2005, se presenta a todo aquel que quiera situarse ante su lápida ovalada en forma de vulva como Escritora-Pintora-Prostituta. Muy conocida, se definía a ella misma como “puta anticalvinista”, y defendía su oficio como una terapia benefactora para la humanidad y que se crease una biblioteca y un archivo en los que el tema único fuera la prostitución en todas sus facetas. Si alguien quiere conocer el verso suelto, la nota discordante, quizá la voz del inconsciente de más de un suizo, debe profundizar en semejante personaje.

El cementerio se sitúa en Plainpalais, zona plagada de universitarios donde se venden todo tipo de objetos de segunda mano todos los viernes y domingos en el Mercado de las Pulgas. Seguido se encuentra Carouge, barrio en el que, de verdad, vivir la noche ginebrina.

LAS ORILLAS DEL LAGO
Recorrer Ginebra es, ineludiblemente, recorrer sus paseos a lo largo del lago Leman. El famoso Jet d’Eau (inmenso chorro de agua de 140 metros que distribuía la fuerza propulsora del Ródano y ahora es el elemento distintivo de la ciudad) es lo más vistoso; lo que no se suele saber es que, cuando hay buen tiempo, se abren playas que, por pocos francos (como la de Pâquis, en la orilla izquierda) o unos cuantos más (como la de Genève, en la derecha), permiten remojarse en el lago más grande de Europa occidental. Al lado de la primera se extiende el barrio de Pâquis-Les Grottes, la zona étnica, con restaurantes de comidas de todo el mundo, muchas tiendas y, sobre todo, con los llamativísimos edificios Schtroumpfs (los Pitufos españoles). Construidos en los 80, sus arquitectos utilizaron volúmenes asimétricos, muros curvados, balcones en relieve, vestíbulos en espiral y fachadas de inopinados colores que recuerdan vivamente el estilo de Gaudí.

Volviendo al lago, por su ribera se suceden algunos de los principales hoteles de la ciudad y el Jardín Inglés, en el que se cuida con esmero el Horloge Fleurie, un curioso reloj hecho de flores cuyo segundero es el mayor del mundo (2,5 metros). El punto central del paseo, situado exactamente donde nace el Ródano, es un excelente lugar para detenerse y comprobar cómo la ciudad se abre a ambos lados del lago, como si de los brazos de una fina pieza relojera en forma de Y se tratara. La central la traza el río y, sobre él, la frenética place de Molard y, más allá, la Jonction: un triángulo irregular desde el que el Ródano sigue su camino dejando a un lado un afluente, el Arve, el otro río de la ciudad. De frente, el lago, los Alpes y el Mont-Blanc nevado. Con tal horizonte, la decisión de por dónde seguir puede esperar.

EUROS GASTRONÓMICOS

Un paseo por Ginebra no evidencia, más que en ciertas zonas, la opulencia gourmet que realmente se esconde detrás de ciertos locales. Los pudientes visitantes de la ciudad sirvieron para que reconocidos chefs de todo el mundo abrieran aquí sus restaurantes. Sin embargo, algunos ofertan un auténtico lujo gastronómico a precios que, sin ser populares, permiten de vez en cuando darse un capricho íntimo sin quedar esquilmado.

ARMEL BEDOUET – LE DUO-CÔTÉ RESTO
El hotel Royal (Lausanne, 41) alberga las artes culinarias de Bedouet, merecedoras de una estrella Michelin gracias a su buena selección de productos trabajados con ingenio en presentaciones innovadoras. Ambiente íntimo y una amplísima y poco común oferta de vinos por copas.

FRANK XU – TSÉ FUNG
Xu está en la lista de los mejores chefs del mundo, y la estrella Michelin del Tsé Fung la ganó a base de buenos productos y multitud de texturas y sabores en un menú cantonés y gourmet a degustar en Bellevue, a las afueras de Ginebra (carretera de Lausanne, 301).

YOAN CALOUÉ – LE FLACON
Criado al fuego lento de varios grandes restaurantes, este joven chef normando abrió en 2012 este restaurante (Vautier, 45, una estrella Michelin) en el barrio de Carouge. Paredes de piedra, cocina visible para el comensal, buena comida a precios moderados y excepcional carta de vinos.

TOME ASIENTO

Una de las mayores curiosidades de Ginebra es que, sin proponérselo, alberga dos de los monumentos más curiosos relacionados con el mobiliario destinado al descanso. Eso sí: la utilidad es absolutamente distinta y lo que representan, aún más.

‘SILLA ROTA’ (PLAZA DE LAS NACIONES)
La pata quebrada de esta escultura en madera, situada frente al Palacio de las Naciones Unidas y obra de Daniel Berset y Louis Genève, representa el rechazo al uso de las minas antipersona y de las bombas de racimo frente a la institución que acoge las representaciones diplomáticas de todo el planeta.

EL BANCO MÁS LARGO DEL MUNDO (PROMENADE DE LA TREILLE)
En este paseo se encuentra tal hito de los récords: un banco corrido de 120 metros de largo. Hay que aprovechar que en él nunca hay problema para encontrar asiento para admirar su perspectiva sobre la zona baja de la ciudad, la Place Neuve, el parque Bastions, las montañas del Jura y el monte Salève.