Marrakech, reino del silencio

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Como si fuese un espejo, las salas de columnas del hotel La Mamounia recuperan el lujo árabe para no olvidar a huéspedes ilustres como el modisto Yves Saint Laurent.
Ciudad cómplice de ilustres nombres de la literatura y la moda, vive un coqueteo con visitantes de todo el mundo que encuentran aquí la inspiración vital, un lujo soberano y un despertar del negocio local.

Por Mario Suárez

Un minarete de 69 metros controla la vida cotidiana de Marrakech. Es el de la mezquita Koutoubia, la más grande e importante de la ciudad, construida en 1141 por el califa Abd al Mu-min. Cuenta una leyenda bereber que, durante su edificación, brotó tanta sangre de sus paredes que las calles y casas que la rodeaban absorbieron este color rojizo que hoy sigue imperante entre callejones y recodos de su medina. Porque esta urbe de algo más de millón y medio de habitantes, una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos junto a Fez, Rabat y Mequinez, está unida a esta tonalidad ocre hasta el punto de que se la denomina la Ciudad Roja.

Los colores, los aromas y el bullicio son los tres intangibles que sobreviven a unas oleadas de visitantes que respetan los quehaceres domésticos de una ciudad fundada a principios del siglo XI por los almorávides y que llegó a ser capital del imperio islámico. Porque Marrakech, ilustre y cómplice de intelectuales durante décadas, vive en secreto –que no en silencio– las muchas vidas que ofrece a cada tipo de viajero.

A finales de 2017 se abrió en el hotel La Mamounia el primer museo dedicado a Yves Saint Laurent, con parte de su obra.

MUCHAS CIUDADES EN UNA
“Mi ‘Yo’ es una acumulación de ‘yos’, es decir… Soy barcelonés, fui parisiense, soy marrashí, fui neoyorquino, lo importante son los sitios donde uno se siente bien”. El escritor español Juan Goytisolo, cuando pronunció esta frase, no preveía que terminaría siendo, por encima de todo, un ciudadano de Marrakech, donde fallecería en junio de 2017. Ese es el enganche natural a esta tierra: las muchas caras que cuenta y las otras tantas que, quien la visita, encuentra. El Premio Cervantes de 2014 se compró una casa en 1980 en la Ciudad Roja y, en su vivienda, aún pervive ese árbol híbrido que da limones y naranjas a la vez y que tanto inspiró al escritor. Sus restos descansan en la ciudad de Larache, al norte del país, en un cementerio civil donde también reposa el escritor francés Jean Genet, otro enamorado de esta localidad.

Las relaciones de amor de algunas ciudades con grandes personalidades de la Historia es algo tan novelado que termina creándose un híbrido entre culturas de diferentes continentes a través de la vida de un único personaje. Es lo que ha sucedido con el diseñador francés Yves Saint Laurent con Marrakech. Desde que, en 1966, visitara por primera vez la ciudad junto a su pareja Pierre Bergé, su figura, su vida y su legado no se entiende sin esa conexión casi metafísica. El modisto recayó ese año en La Mamounia, un entonces austero palacio marroquí del siglo XII convertido en hotel que hoy es símbolo del lujo árabe. Aquí se quedó una temporada hasta que terminó comprándose un riad dentro de la Medina.

En esta ciudad el único aroma es el del argán, no hay más sabores que el de la miel ni más colores que los del azafrán

“Este hotel es literalmente parte de la historia de Marrakech; su nombre se remonta al siglo XVIII y su historia se inicia con el rey Sidi Mohammed Ben Abdellah que tenía la costumbre de ofrecer a sus hijos, como regalo de bodas, una casa y un jardín en las afueras de la casba. Solo uno de los jardines que regaló el rey a sus hijos, al-Mamoun, se hizo famoso e inspiró el nombre de La Mamounia”, cuentan desde el hotel. Este establecimiento de cinco estrellas, se quede el visitante a dormir o no en sus habitaciones, recoge unos jardines, una tienda y un restaurante donde domina la belleza marroquí en tres esenciales: arquitectura, naturaleza y gastronomía. Sus más de tres hectáreas de tierra y maravillosa vegetación tienen un efecto hipnótico en huéspedes y curiosos, del mismo modo que hiciera hace medio siglo con Saint Laurent. “Es un verdadero monumento que muestra la cultura y el lujo marroquí en su máxima expresión”, rematan desde el hotel.

El creador galo compró después una casa ya fuera del zoco, en el barrio de Guéliz, rodeado de viviendas art déco y estudios de artistas. Pero su huella en Marrakech la plasma en dos espacios: el Jardín Majorelle y el Museo YSL. El primero de ellos ocupa una finca junto al palmeral de Marrakech, construido por el arquitecto Paul Sinoir en 1931, con una edificación en color añil inspirada en Le Corbusier. Aquí vivió el pintor francés Jacques Majorelle y fue descubierto por Saint Laurent y Bergé cuando el jardín estaba en estado de semiabandono. La pareja adquirió el recinto y se movilizó para recuperarlo, aumentó las especies vegetales hasta las 300 y consiguió abrirlo al público como un pequeño museo de arte islámico en su interior. El contraste entre el azul y el verde y la colección de cactus y buganvillas o el estanque de nenúfares entre los que perderse sirven para entender, de manera poderosa, qué es el romanticismo marroquí.

El otro legado de Yves Saint Laurent en Marrakech tiene fecha reciente: octubre de 2017. Este mes abrió el museo que lleva su nombre, obra de los jóvenes arquitectos franceses Studio KO. Son 4.000 m2 para una exposición permanente con el legado del modisto francés, así como parte de la colección de la Fundación Pierre Bergé. Su biblioteca, su auditorio y su fachada integrada en el entorno del desierto es el recuerdo vivo del amor de uno de los mayores diseñadores de moda de la historia por una ciudad. “Es una construcción abstracta, casi escultórica, realizada en cerámica de terracota, como si fuera una obra de alta costura; un regalo de Pierre Bergé a la ciudad, que insistió en que quería no resultara como un mausoleo a la memoria de Saint Laurent”, explican los arquitectos del museo. Para ellos, plantear esta nueva atracción es “una vuelta de Bergé e Yves” a la ciudad marroquí, a la que consideran “culturalmente rica, festiva, alegre y atractiva, pero es mitad popular y mitad selectiva, algo que no todos los destinos turísticos poseen”.

El Jardín Majorelle fue diseñado por el artista francés del mismo nombre en 1924. Décadas después fue recuperado por el modisto Yves Saint Laurent y su pareja Pierre Bergé para convertirlo en una de los rincones más visitados
de Marrakech.

EL LUJO EMOCIONAL
El corazón de la gran plaza Jamaa el Fna palpita entre recuerdos medievales de encantadores de serpientes, danzantes, vendedores de zumos de fruta, artesanía ambulante y hasta acróbatas. Esta plaza, al caer la noche, es –para todo el mundo, sin distinción– una de las visiones más impactantes que cualquier viajero haya incluido en su mochila. Es el centro de la medina, Patrimonio de la Humanidad desde 1985. Pueden pasar los años y este rincón esencial de la vida de Marrakech continúa inspirando como hizo con la escritora Esther Freud, que la describió con minuciosidad en su novela autobiográfica Hideous Kinky (1992), o con el cineasta Alfred Hitchcock, que la llenó de intrigas en El hombre que sabía demasiado (1934).

Durante décadas estas personalidades del cine, la literatura o la moda fueron las que contaron a Europa y Norteamérica las bondades del lujo marroquí. Sus telas, sus colores, sus piedras preciosas, su manierismo artesanal… Hoy, el emprendedor de Marrakech camina por estos lares de lo exclusivo basado en la tradición y en su cultura. Hanout Boutique (Mouassine, 194) ha conseguido vender sus túnicas y caftanes en Harrods en Londres, directamente desde su tienda en el interior de la medina; la firma Lalla (El Mansour Eddahbi, 35), de la francesa Laetitia Trouillet, realiza bolsos de estética occidental pero con las buenas formas de trabajar el cuero y los detalles de Marruecos; o Côté Bougie (Lot 457, QI Sidi Ghanem) internacionaliza sus velas de ceras naturales y mechas de algodón cien por cien y sus esencias marroquíes por todo el mundo desde su exclusiva tienda en pleno bullicio turístico. El lujo árabe siempre ha sido así, vinculado a la generosidad y a la opulencia, con detalles simples que lo han remarcado como diferente en todo el mundo, mucho más emocional que otros lujos.

Pero esto es, probablemente, consecuencia de vivir rodeado de un desierto caprichoso y unos montes, los Atlas, con cuatro valles que lo aíslan del calor y lo árido: los de Ourika, Asni, Sidi Fares y Oukaimeden. Son frondosas áreas por las que la cultura bereber se abre camino y el visitante siente el impulso de ser nómada por una vez en su vida, allí donde el único aroma es el del argán, no hay más sabores que el de la miel ni más colores que los del azafrán.

CULTURA MARROQUÍ EN EL MUNDO

Diseñadores de moda, impulsores de la tradición y arquitectos que siguen las corrientes estéticas árabes para crear espacios comprometidos con la imagen local: tres figuras persiguen relanzar Marrakech con esbozos de imaginación y respeto hacia el pasado.

MERIEM RAWLINGS
Formada en la St Martin School de Londres, esta diseñadora marroquí exporta túnicas y caftanes con el sello de su país. Ha conseguido que en ciudades como Londres muchas mujeres lleven sus coloristas creaciones.

OMAR BENABDERRAZIK
Desde su tienda Côté Bougie trabaja uno de los secretos mejor guardados de Marrakech: las esencias. Las presenta en forma de aceite o velas que los visitantes ilustres de la ciudad no dejan de llevar en sus maletas.

KARL FOURNIER Y OLIVIER MARTY
Estos jóvenes arquitectos franceses abrieron en 2000 su Studio KO. Ellos son los responsables del nuevo Museo YSL de Marrakech, un edificio que sigue los colores terracota y la estética marroquí.

INMERSIÓN EN LA CULTURA ÁRABE

Caminar por el zoco de Marrakech es una experiencia vital, más allá de las compras o el tradicional regateo. Los aromas, las esencias y los colores sacan del anonimato a esos sentidos que, un día, el visitante tuvo ocultos antes de llegar.

TEJIDOS Y COLORES
Túnicas, alfombras y colchas. En esta ciudad los tejidos se realizan aún a mano por artesanos locales que, en muchas ocasiones, los tiñen en los lavaderos públicos. Aquí el color ocre es el que manda, pero se confunde con la explosión de tonalidades que cuelgan de muchas fachadas de las tiendas.

EL EPICENTRO DE LA CIUDAD
La plaza de Jamaa el Fna es el centro del zoco de la ciudad, ocupado por decenas de laberínticas calles. Este lugar de encuentro es uno de esos lugares que enamoraron a ilustres escritores como Juan Goytisolo. Tomar un zumo de naranja o comprar alguna joya es tradición obligada.