Entre menonitas y tarahumaras (México)

BARRANCAS DEL COBRE

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Vista de las Barrancas.
Vista de las Barrancas.
Más grande que el cañón del Colorado, pocos paisajes hay en México tan sobrecogedores como estos barrancos, donde las comunidades que los habitan continúan con su forma de vida ancestral.

Por: María Orriols

Lejos de la música del mariachi, de las playas del Caribe mexicano y de la selva de Chiapas, se encuentra un paisaje espectacular compuesto por siete cañones principales y otros 12 secundarios, que forman las todavía no tan exploradas Barrancas del Cobre. Con una extensión cuatro veces mayor que la del Cañón del Colorado (60.000 km2) y barrancos más profundos (algunos de ellos llegan a alcanzar los 1.800 metros), se trata de un paisaje espectacular situado en el corazón de la Sierra Tarahumara, en el Estado de Chihuahua, al noroeste de México.

Con cinco vuelos diarios sin escala desde México DF a Chihuahua, a partir de ahí se puede visitar la zona en coche, pero la mejor manera de adentrarse en esta área es en el ferrocarril Chihuahua-Pacífico, más conocido como Chepe. Se trata de un viaje de 653 kilómetros sobre una vía férrea que discurre al borde del cañón, ofreciendo unas vistas difíciles de superar. La aventura comienza en Chihuahua, capital del Estado y, tras 14 horas, el tren llega a Los Mochis, en el Estado de Sinaloa y a orillas del Mar de Cortés.

En sus diversas paradas, la primera sorpresa con la que se encuentra el viajero es en Cuauhtémoc, a tan solo cien kilómetros de Chihuahua. Allí reside la comunidad menonita más importante de México. Originarios de Holanda, los menonitas emigraron hasta a Cuauhtémoc en la década de los 20, procedentes de EE UU y Canadá. Dedicados a la agricultura y la ganadería, son famosos por sus campos de manzanas y la elaboración de quesos.

Algunos barrancos alcanzan los 1.800 metros de profundidad

Poseen unas fuertes creencias religiosas, hablan su propio idioma (alemán antiguo) y, aunque ahora ya cuentan con electricidad y conducen automóviles, no es raro encontrarse todavía algunas familias que siguen trasladándose en calesa y no tienen televisor, ordenadores ni ningún tipo de acceso al mundo exterior. Los vestidos largos de las mujeres y los petos vaqueros de los hombres, que acompañan con el inseparable sombrero de paja, trasladan directamente a la película Único testigo, que reflejaba la vida de la comunidad amish en EE UU.

LOS QUE CORREN RÁPIDO
Creel,
rodeado de pinares, con sus casitas de madera que le dan un aspecto alpino, se convierte en la parada ideal como centro neurálgico para adentrarse de lleno en las Barrancas del Cobre. Desde allí, y de visita obligada, hay que dar un paseo por la Sierra Tarahumara en la que, además de visitar los valles de las Ranas, de los Hongos, de los Monjes o el lago Arareko, se puede descubrir la forma de vida de los tarahumaras, nombre españolizado de los raramuris, los que corren rápido. Aunque algunos indígenas han dejado la sierra, que habitan desde el siglo XVI, todavía más de 60.000 viven en cuevas situadas en los barrancos. Desde Creel también se puede ir a ver las dos cascadas más espectaculares de la zona: la de Cusárare, junto al pueblo del mismo nombre que mantiene la misión de San Ignacio de Loyola, y la de Basaseachi que, con sus 246 metros de altura, es el salto de agua permanente más alto de México.

EMOCIONES FUERTES
La parada de Divisadero permite a los viajeros del tren bajarse durante 20 minutos para observar las Barrancas del Cobre en todo su esplendor gracias al mirador situado en lo alto del cañón. Si lo que se busca son emociones fuertes, en esta misma parada, a un costado de Piedra Volada, se encuentra el Parque Aventura Barrancas del Cobre, que ofrece montar en teleférico, volar en tirolina durante más de cinco kilómetros o caminar sobre una vía ferrata.

Además de caminatas, Barrancas del Cobre ofrecen un oasis de relax en medio de tanta naturaleza, como son las aguas termales de Rekowata. Se trata de unas piscinas naturales situadas al fondo del cañón de Tararécua en las que darse un baño antes de emprender de nuevo la subida de tres kilómetros.

Desde la parada de Divisadero, y ya hasta Los Mochis es cuando, a través de la ventanilla del tren, se suceden los paisajes más espectaculares del cañón, descendiendo por el lado del barranco, para luego dar paso a preciosas praderas de flores y maizales salpicadas de lagos y ríos. Todo un viaje para los sentidos, la mejor recompensa para unos días de disfrute en plena naturaleza en una de las zonas más espectaculares y, por suerte, aún no tan masificadas de México. Además, una vez en Los Mochis, y si lo que se quiere es seguir disfrutando de la variedad de paisajes, se puede coger el ferry que cruza por la noche el mar de Cortés y amanecer en La Paz, capital de Baja California. El contraste de estas idílicas playas –hábitat natural de delfines, tortugas y una gran diversidad de fauna marina– frente a la aridez de las Barrancas del Cobre proporcionará la sensación de que el sueño continúa.