Termas en la nieve: baños de invierno

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Una de las termas localizadas en la zona de Banff y el lago Louise, en Canadá.

Los chapuzones campestres no son solo para el verano. Piscinas y aguas termales, algunas con miles de años de historia, hacen posible bañarse al aire libre muy cerca de las pistas de esquí.

Por Paloma Balbín Chamorro

En pleno invierno, el mejor final para un día de deporte es un baño calentito y, si puede ser en contacto con la naturaleza y en medio de montañas nevadas, mucho mejor. No parece una combinación fácil, y los destinos con las condiciones adecuadas para darse un chapuzón a la intemperie en pleno enero son escasos; sin embargo, una mirada al mapa permite localizar unos cuantos lugares mágicos que, ubicados en parajes espectaculares, invitan a relajarse con los cinco sentidos.

UN PARQUE ENTRE GLACIARES
En 1883, un grupo de trabajadores de la Canadian Pacific Railway se encontró con un manantial caliente que pronto llamó la atención de cientos de turistas. Para proteger el área de ansias especulativas, el Gobierno canadiense creo una reserva que sería el germen del Parque Nacional de Banff, el más antiguo del país y hoy Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. En la actualidad, aquellos baños termales siguen siendo populares: “Los canadienses son muy aficionados a ellos y, en las Montañas Rocosas, es una de las atracciones turísticas.

Suele haber mucha gente, no es tan idílico como pueda parecer pero, en cualquier caso, es buena alternativa en días con mal tiempo”, apunta Lola Buendía, autora del blog 123MeridianWest. En el Parque Nacional de Banff hay varias estaciones de esquí e innumerables opciones para exprimir el invierno al máximo; es en esa época cuando la superficie azul turquesa de lago Louise se convierte en pista de patinaje, y trineos tirados por perros o caballos recorren los caminos. Tampoco hay que perderse la carretera que va hacia el Parque Nacional de Jasper, considerada una de las más bellas del mundo por sus glaciares, valles boscosos y picos de más de 3.000 metros de altura.

Piscina termal en Bormio (Italia).

AL PIE DE LAS MONTAÑAS
Situado en una de las puertas de entrada al Parque Nacional del Stelvio, Bormio (en Lombardía, Italia) ya era famoso en el siglo VI por sus pozos termales. Al menos, eso deja entrever el escritor latino Casiodoro, quien cuenta que un viejo soldado pidió permiso para reponerse allí de sus achaques. Quince siglos después, esta localidad sigue siendo un destino apreciado por quienes quieren aprovechar las propiedades terapéuticas de sus caldas en un entorno privilegiado: al pie de las laderas nevadas del macizo de Orltes-Cevedale, los nueve manantiales que nutren sus centros –Bagni Nuovi, Bagni Vecchi y Bormio Terme– tienen, al parecer, propiedades desintoxicantes, relajantes, antiestrés y antiinflamatorias.

Pero Bormio no es solo un sitio para el reposo; las posibilidades de turismo activo en sus inmediaciones son casi infinitas. No en vano, ha acogido dos mundiales de esquí alpino y, por su proximidad al paso Stelvio, con más de 80 curvas, es un destino mítico entre los aficionados al ciclismo. Enclavado en el corazón de los Alpes italianos, su ubicación estratégica le ha proporcionado además un rico pasado, presente en sus calles medievales y antiguas tradiciones; el desfile de Pascua (Pasquali) es cita imprescindible para quienes se encuentren allí el Domingo de Resurrección.

EN LA CUNA DEL AGUA
“Desde la alegre y antigua ciudad de Maienfeld parte un sendero que, después de atravesar verdes campos y densos bosques, llega hasta el pie de las majestuosas montañas”. Estos paisajes descritos por Johanna Spyri separan la casa del abuelito de Heidi del lugar donde trabaja la tía de la niña, el balneario de Bad Ragaz (en el cantón suizo de San Galo). La mezcla de picos nevados y termas compone, sin duda, una estampa emblemática de Suiza.

El país helvético es conocido como “la cuna del agua en Europa, puesto que en sus montañas nacen algunos de los ríos más importantes del continente. Además, tiene una tradición centenaria en torno al turismo de bienestar”, explica Elena Affeltranger, de Suiza Turismo. En el caso de Bad Ragaz, en el siglo XIII los peregrinos acudían a la cercana abadía de Pfäfers buscando el beneficio de sus fuentes y, en ese mismo sitio, tres siglos después, Paracelso escribió un tratado sobre los baños terapéuticos. Si alguien busca tener cerca cumbres blancas, Bad Ragaz tampoco decepciona, pues las estaciones de esquí de Flumserberg y Pizol se encuentran a escasos kilómetros.

Aunque pueda parecer una paradoja, es durante los meses fríos cuando los balnearios alpinos tienen una mayor demanda: “Los huéspedes asocian los deportes de invierno con estos establecimientos que, por lo mismo, son más habituales en las regiones montañosas”, explica Affeltranger. No solo Bad Ragaz, sino también Leukerbad –donde se encuentra uno de los mayores centros termales de Europa–, el hotel Villa Honegg –en la orilla del lago Lucerna– o el Bellevue Parkhotel & Spa –junto a las estaciones de esquí de Adelboden– cuentan con piscinas exteriores rodeadas de espléndidas vistas panorámicas.

Las Termas de Tiberio, a escasa distancia de las pistas de esquí de Panticosa, en Huesca.

BAJO LAS ESTRELLAS
Si bien los balnearios son un producto destacado de la industria del bienestar en nuestro país, no es habitual encontrar espacios donde sea posible combinar baños al aire libre y actividades de nieve. Las Termas de Tiberio, en el Pirineo aragonés, son una buena excepción, ya que su piscina de agua caliente bajo las estrellas se encuentra a escasa distancia de las estaciones de esquí de Panticosa y Formigal. En la otra punta de la Península, El Lodge Ski & Spa de Sierra Nevada también se sale de la norma al poner al servicio de sus usuarios instalaciones exteriores en las que darse un remojón tras un día de actividad intensa. Este hotel boutique se sitúa a pie de pista, y su piscina, a 35º C, es un aliciente más, señala Alejandra García, directora de Relaciones Públicas del establecimiento. Por otro lado, no todos los clientes vienen a hacer deporte, así que es importante contar con una oferta de experiencias alternativa para quienes simplemente busquen paisajes nevados.

Una experiencia ubicua

La laguna secreta de Islandia. Mucho menos conocido que Bláa Lónið (la Laguna Azul, en español), Gamla Laugin es uno de los parajes imprescindibles para quienes desean conocer la Islandia más auténtica. La Laguna Secreta (como se ha rebautizado) se encuentra en el pueblo de Flúðir, y sus aguas se mantienen a una temperatura de 38-40º C durante todo el año. El entorno natural de las piscinas, la proximidad de un pequeño géiser que entra en erupción cada cinco minutos y el vapor en el aire crean una sensación mágica. Entre septiembre y abril, si hay suerte, es posible ver la aurora boreal.

El invierno austral de Nueva Zelanda. Al norte de Christchurch, en la Isla Sur de Nueva Zelanda, se encuentra Hanmer Springs, uno de los principales destinos de spa del país. La pequeña ciudad surgió alrededor de una fuente termal y en la actualidad es elegida por muchos neozelandeses como lugar de descanso y entretenimiento para toda la familia. Durante el invierno austral, los paisajes alpinos teñidos de blanco son el telón de fondo de sus piscinas, y quienes quieran practicar deportes de nieve en pleno agosto pueden subir al monte Saint Patrick, donde se ubican las pistas de esquí.

Los Alpes japoneses. Los onsen, fuentes termales, son tan abundantes en Japón que su uso para lavar el cuerpo y calmar el espíritu ocupa un lugar destacado en la cultura nipona. Cuando están al aire libre se llaman rotenburo, y en la prefectura de Nagano hay varios con vistas a los Alpes japoneses. En la mayoría es obligatorio meterse desnudo, así que suelen tener una división por sexos. Asimismo, en muchos no se permite la entrada a personas tatuadas, prohibición que tiene su origen en la relación de estos dibujos corporales con la mafia japonesa. En Nagano hay que visitar el valle de Jigokudani, donde los macacos tienen su propio onsen.