Alfonso Ungría

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Nuestro Marruecos

El viaje solo tenía una condición: mi papel sería el de chófer de la expedición y, ellos, mis hijos Eva y Max, y su amigo Pablo, eran los únicos que decidirían la ruta a seguir, las etapas, los horarios, el menú, las compras y lugares a visitar.

Los chicos tenían 14 y 15 años, y yo intuía que ese verano iba a ser el último para compartir juntos unas vacaciones enteras (las siguientes serían de intercambio en el extranjero o escogerían sus propias compañías y destinos). Sobre otros lugares, nacionales, eligieron Marruecos por aclamación.

Volamos hasta Tánger y, tras dejar los bártulos en la pensión Tan-Tan, callejeamos para ambientarnos y alquilar el coche en el que viajaríamos. Los tres jóvenes iban diciendo lo que hacer: por ejemplo, sentarnos en una terraza, hincharnos de croissants con Coca-Cola y hacer risas sobre cualquier detalle circundante.

Al día siguiente, y desde el primer kilómetro que recorrimos por la carretera de la costa, los chicos marcaron su estilo viajero: con música a todo volumen –cambiando de continuo sus casetes, tras intensas deliberaciones–, marchando a gran velocidad por un trayecto contemplado a través de las ventanillas. El viaje por el viaje. Puramente. Nunca nos detuvimos ante museos o palacios, pero sí para contemplar cómo unos tipos fabricaban ladrillos de adobe. Ese tipo de selección, el de sus afinidades electivas. Se trataba de verlo todo sin detenerse en nada. Al principio me pareció que nuestra mirada sería superficial; al final fue una experiencia más provechosa que la meramente turística.

[quote_left]Se trataba de verlo todo sin detenerse en nada. Al final fue una experiencia más provechosa que la meramente física[/quote_left]

Nuestra primera etapa concluyó en Asilah: “Queremos comer ya”, dijeron y, tras un día a base de ganchitos de queso, cenamos 25 pinchos morunos y tres helados cada uno. Por la mañana disfrutamos de su estupenda playa y sus gambas.

Atravesamos Kenitra, Rabat y Casablanca sin grandes alharacas. Al final de cada día, o indicaban parar “en el siguiente pueblo”, o se quedaban dormidos y yo buscaba el primer alojamiento que veía. Por eso, aquella noche, llegando a El-Jadida –“¡Aquel hotel, papá, el de las lucecitas!”–, dormimos en un hostal “de mala nota”. El encargado me dio las habitaciones con cara de asombro, al verme llegar con niños; sin embargo, ellos no se extrañaron del pulular de parejas con mujeres pintarrajeadas.

En las dunas de Essaouira jugamos a “perdidos en el desierto, agonizantes de sed”, arrastrándonos por la arena.

Y, por fin, Marraquech. Tras varios días durmiendo en las pensiones de mala muerte que el azar nos deparaba, hice mi primera petición: “¡Por favor, un buen hotel!”. Su mirada cambió del desdén a la condescendencia y yo conduje hasta el Tichka, un verdadero lujo oriental. Disfrutamos de sus perfumadas sábanas, de su abundante bufé (“Jo, Pablo, no has dejado ni un bollito de choco”), de su piscina y, por la tarde, del barroco laberinto de la Medina y el show de Yamaa el Fna. Pero lo mejor –sin duda, para todos–, era repanchingarnos en las chaise longues del Tichka, y jugar al mus, y hablar sin parar hasta las tantas… como en las Mil y una noches.

Luego solo restaba llegar al desierto. Nos detuvimos a medio camino de Ouarzazate y allí estaba: inmenso, abrasador, primigenio. Subidos a una higuera –el único árbol a la vista–, escuchamos el silencio y sentimos una soledad que lo era menos por estar juntos.

Ya podíamos, cuando quisiéramos, volver a casa… o no.