Álvaro Pombo

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Los viajes

Viajar o no viajar? Hay temperamentos no-viajeros. Esto quiere decir que al yo ocurrente del no-viajero no se le ocurre esta precisa ocurrencia: irse de viaje. Un típico temperamento no viajero soy yo mismo. No es que no haya ido, como todo el mundo hoy en día, de acá para allá, y no es que no haya disfrutado con mis viajes. Pero mi ocurrencia basal característica es quedarme en casa.

Personalmente he admirado a dos grandes pensadores no-viajeros. Uno, como todo el mundo sabe, es Kant, que una vez tomó en Königsberg un barco, cruzó el Báltico, desembarcó en Lund y volvió a embarcarse, no sé si esa misma noche o al día siguiente, para volver a Königsberg. Le encantaba, sin embargo, recibir viajeros en su casa de Königsberg y le encantaba oír relatos de viajes. Y le encantaba ver mapas.

El otro célebre filósofo no-viajero es Martin Heidegger. Uno de los más notables adagios de sus últimos escritos de metafísica es “hallarse en todas partes como en casa”. Esta frase resume la esencia del detestar-viajar. El genuino viajero, que desea ir a todas partes y que desea incluso volver a casa, no desea nunca hallarse en todas partes como en casa, sino lo contrario: el viaje es lo otro total, lo extranjero puro, la no-casa.

[quote_right]Leibniz hablaba de la ‘percepturitio’: viajar es una realimentación agigantada de nuestra percepción monótona y cotidiana[/quote_right]

En su jubilación, los amigos y familiares de Heidegger pensaron que no había en todo Occidente nadie más indicado que él para hacer un viaje a Grecia; al fin y al cabo, era la meca del clasicismo filosófico y romántico alemán: Hölderlin, Schiller, Nietzsche… Grecia era lo más. Le prepararon el viaje a los lugares más clásicos y profundos. Y, cuando por fin fue, Grecia le horrorizó: Atenas le horrorizó, Delfos le horrorizó y los propios griegos contemporáneos le parecieron una mala mezcla de italianos y turcos. No probó la taramorsalata ni el retsina, y durante todo el viaje releía en su viejo texto griego todo el poema de Parménides y todo Heráclito el oscuro.

Grecia era un viaje imaginario y el viaje de Heidegger fue un viaje real y, por lo tanto, aburrido. ¿Son los viajes reales, a diferencia de los imaginarios, siempre aburridos? Gracián escribió en una ocasión: “La realidad es mucha y mala”. Otro temperamento no-viajero. Pero la realidad es que la realidad de irse de viaje tiene mucho de bueno, más de bueno que de malo. Leibniz, por ejemplo, que citaba Ortega en este contexto de los viajes, hablaba de la percepturitio, que describía como “un afán de tener nuevas percepciones”: viajar es en gran medida eso, una realimentación agigantada de nuestra percepción monótona y cotidiana. En resumidas cuentas, a la pregunta inicial, ¿viajar o no viajar?, respondo diciendo: viajar mucho pero, a ser posible, bien acompañado.

Coda: hagamos pues con frecuencia colas (codas) en los aeropuertos y en las estaciones de tren para viajar bien acompañados. El peligro del viajero solitario, y yo lo he sido, es el ensimismamiento. La gracia del viaje es, al contrario, la alteración compartida. Viajar, pues, y siempre que se pueda, a condición de tener un lugar propio, casa propia.