Ángeles Caso

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El pueblo de las Brontë

Haworth parece una serpiente enroscada en la colina, trepando hacia los páramos rocosos y duros que se esparcen luego hasta alcanzar los Montes Peninos. El autobús desde Keighley –circulando siempre por la izquierda, claro, y llenándonos de terror a los viajeros continentales– te deja a los pies de la calle principal de este pueblecito del norte de Inglaterra, en la comarca de Yorkshire.

De pronto, pareces haber regresado al siglo XIX: todo está igual que hace 150 años. La calle adoquinada, las casitas apretadas las unas contra las otras –convertidas ahora en hoteles, restaurantes y tiendas–, los corrales de gallinas y las huertas colectivas más allá. En lo más alto, la vieja farmacia –en la que las hermanas Brontë compraban los remedios inútiles para las enfermedades que las llevarían tan pronto a la muerte– mantiene abiertas sus puertas, vendiendo ahora jabones naturales y cremas. Enfrente, la taberna, The Black Bull, la misma en la que el hermano de las escritoras se emborrachaba noche tras noche hasta la muerte.

Y arriba, vigilando el pueblo y las casas dispersas de los alrededores, la iglesia, allí donde Patrick Brontë, el padre reverendo, daba cada domingo sus sermones, y bajo cuyo suelo están las tumbas –ahora inaccesibles– de toda la familia, salvo la hermana pequeña, Anne, enterrada en Scarborough, donde murió en 1849. Detrás de la iglesia, entre el edificio y la casa del pastor, se extiende el cementerio del siglo XIX: altos cedros, viejas tumbas mohosas y los cuervos graznando interminablemente.

En su casa se conserva buena parte de sus muebles y objetos y, sobre todo, el ‘aire’, la atmósfera victoriana en la que esas asombrosas mujeres escribieron

Esa era la vista que tuvieron las hermanas Brontë durante la mayor parte de sus breves vidas: 29 años Anne –autora de La inquilina de Wildfell Hall–, 30 Emily –que regaló al mundo Cumbres borrascosas y un puñado de poemas impresionantes– y 38 Charlotte, que escribió, entre otras novelas, Jane Eyre. Sí, ahí vivieron desde 1820 –y ahí escribieron sus obras– esas tres hermanas que ahora son el corazón mismo de Haworth y de la zona.

La casa, la antigua vivienda de los pastores protestantes del pueblo –sólida, con sus ladrillos oscuros y sus ventanas blancas–, se ha convertido desde hace más de un siglo en el museo de las hermanas Brontë. Allí se conservan buena parte de sus muebles y objetos personales, manuscritos y cartas y, sobre todo, el aire, la atmósfera victoriana en la que esas asombrosas mujeres escribieron, juntas, algunas de las obras más importantes de la literatura del siglo XIX y, por extensión, de la literatura universal.

Juntas –sentadas las tres en el pequeño comedor en el que aún están la vieja mecedora, el sofá oscuro y sus escritorios portátiles, repletos de papeles secantes y plumillas–, desde aquella casa oscura y fría, azotada por los terribles vientos del oeste que llevaban con ellos enfermedad y muertes prematuras, Charlotte, Emily y Anne Brontë iluminaron con su talento y su valentía la historia de la literatura y la historia de las mujeres. Y el peregrinaje constante de lectores de todas las partes del mundo que todavía hoy les rinde homenaje.