Juan Eslava Galán

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Aquellos viajes al mar

Escritor y último Premio Primavera de Novela con ‘Misterioso asesinato en casa de Cervantes’.
Escritor y último Premio Primavera de Novela con ‘Misterioso asesinato en casa de Cervantes’.

En 1959, después de dos años de espera, llegó por fin el Seat 600 y mi padre, entusiasta neoconductor, organizó un viaje a Málaga para que mis hermanos y yo conociéramos el mar. El despertador sonó a las cuatro y media de la mañana. Mientras mi madre preparaba el desayuno, mi padre cargó el equipaje. Salimos por la carretera de Granada, pródiga en curvas y en cuestas, sin que por ello le faltaran tramos desempedrados por los camiones excesivamente cargados que soltaban penachos de humo negro subiendo los puertos en primera. En Campillo de Arenas hicimos una parada junto a la plaza para que el motor descansara, con el capó abierto, antes de acometer la cuesta que asciende al puerto Carretero en cuarta marcha, después en tercera y finalmente en segunda.

–Me parece que está calentado el motor –observó mi padre  con preocupación. –¿No iremos a arder? –se alarmó mi madre. –Vamos a descansar otro poco, que más vale ir despacio y con buena letra –decidió el conductor.

Nos arrimamos a un lado de la carretera (arcenes no había) y nos detuvimos junto a un berrueco enorme donde se anunciaba, en letras negras bien perfiladas, Ulloa óptico. Mi madre se mostró ilusionada.

–Cada vez que pasemos por aquí, en otros viajes, veremos el letrero y nos acordaremos de que nos paramos la primera vez que fuimos a la playa.

Nos veía como a una familia moderna, de esas que salían en las películas americanas. Se imaginaba que éramos todos guapos y rubios y que íbamos a visitar a unos parientes de Wisconsin. Mi padre abrió nuevamente el compartimiento del motor para que se ventilara y dispuso al lado una botella de agua para verterla en el radiador en cuanto se enfriara. En la espera sacamos la nevera portátil y mi madre repartió gaseosa entre los viajeros. Proseguimos el viaje, con el capó del motor parcialmente abierto con ayuda de un taco de madera para favorecer  su ventilación. [quote_left]Mi madre nos veía como una familia moderna, de esas que salían en las películas americanas. se imaginaba que éramos todos guapos y rubios[/quote_left] El 600 escaló el puerto y recobró la alegría al discurrir por la carrera descendente. Después de veinte kilómetros razonables nuevamente se empinó la carretera: segundo puerto de montaña. Nueva parada en la Venta de la Nava porque se había encendido el pilotito que indicaba que el motor estaba sobrecalentado.

–Las cuestas –dijo mi padre. –Y el peso, que somos cinco personas y las maletas –añadió mi madre apiadándose del vehículo–. El pobre bastante hace.

Dejamos atrás Granada, la sierra nevada al fondo. Ya en la carretera de Málaga nos detuvimos a almorzar a la sombra de unos pinos. Filetes empanados y manzanas. Sesteamos sobre una manta que mi previsora madre traía extendida sobre el asiento trasero. Reanudamos la marcha. En el primer surtidor de gasolina, repostamos. Al depósito le cabían quince litros, pero mi padre, previsor, llevaba en el equipaje una botella de dos litros suplementarios, por si las moscas. Pasando la venta de la Sorda sufrimos un pinchazo. Ayudé a mi padre a descargar el equipaje y a cambiar la rueda, mientras las mujeres aguardaban a la sombra de un olivo. Mi madre nos contemplaba con arrobo, orgullosa de sus hombres, en especial de su marido. Hace un mes que se sacó el carnet de conducir y míralo qué valiente: a la playa. Nunca lo había visto tan dispuesto y emprendedor. En el pueblo siguiente buscamos un mecánico que arreglara la cámara neumática, no sea que volviéramos a pinchar, que en un viaje tan largo nunca se sabe.

–No hay más remedio que pararse de vez en cuando –advertía mi padre–. Hay que reservar el motor para cuando lleguemos a la cuesta de la Inquisición, antes de entrar en Málaga, que esa cuesta me han dicho que es la peor. El coche es como si fuera de la familia y hay que mirar por él.

A Antequera, 10 km. Declinaba la tarde cuando llegamos a Málaga y aparcamos cerca de la playa: allí estaba el mar, inmenso, oscuro, sonoro…