Carmela Díaz

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Viajes hay que sonríen

Tienen los viajes alma. Algo etéreo, pero memorable. Viajes hay que emocionan, que sorprenden, que conmueven, que encandilan. Viajar es el aderezo de la memoria: nunca regresamos siendo los mismos porque la travesía nos enriquece. Aprendemos y enseñamos, recordamos y olvidamos, nos liberamos y meditamos, a la vez que disfrutamos de las aventuras que acontecen, de los seres queridos que nos acompañan y de las nuevas amistades que se asoman.

No solo viajamos físicamente: también podemos explorar otros caminos a través de las emociones, del tiempo e, incluso, de la literatura. Porque hay relatos que nos incitan a emprender el vuelo. No solo a remotos destinos, sino a otras épocas. Nada nos impide peregrinar con la imaginación a rincones memorables del universo literario.

Nada nos impide peregrinar con la imaginación a rincones memorables del universo literario

¿Quién, inspirado por Homero, no ha deseado invocar a sus propias musas para evadirse entre odiseas y utopías? Navegamos por los mares del sur descubriendo los diarios del capitán Cook. Hemos acompañado a nuestro hidalgo más célebre en sus peripecias: al fin y al cabo, los caprichos de la pluma cervantina decidieron que nuestro universal Quijote no hiciese otra cosa más que viajar. Nos deslumbraron los rubíes de Birmania, jade de China, ámbar, marfil, especias y tantos otros tesoros de la Ruta de la Seda descritos por Marco Polo.

Hemos fantaseado con adentrarnos en las entrañas de la Tierra para admirar los prodigios de la sublime imaginación de Julio Verne. Hemingway nos encumbró hasta el Kilimanjaro atrapándonos en la congoja de sus propios demonios. Y Saint-Exupery nos trasladó hasta universos paralelos rebosantes de ternura, en los que anhelamos un heroísmo olvidado: la sabiduría de los niños que nos invita a rescatar la infancia que llevamos dentro.

Hay tantas ambientaciones como épocas y como autores. Umberto Eco nos atormentó con el oscurantismo de la Edad Media y el tenebroso ambiente de una abadía siniestra, mientras que León Tolstói engrandeció el esplendor de la Rusia Imperial a través de sus obras. Scott Fitzgerald logró que las generaciones venideras suspirásemos por viajar en el tiempo hacia los efervescentes años 20 estadounidenses. Tras la Gran Guerra, la vida nocturna y las fiestas hasta el amanecer marcaron a la sociedad de Chicago. La ciudad fue la cuna del cabaret, de las hipnóticas melodías de jazz, de los speakeasies y el privilegiado escaparate del vestuario de mujeres despampanantes: las flappers. Damas que lucían con primor lentejuelas, sedas, plumas, satenes, flecos, guipures, estolas y llamativos tocados. La Ciudad del Viento fue el icono de los más distinguidos escenarios, del hechizo del espectáculo y la anfitriona del tintineo de las copas de champán.

Mientras esto ocurría cerca de la Costa Este, en California surgía la edad dorada de la meca del cine: nacía Hollywood. La construcción de los estudios universales, la aparición de estrellas cinematográficas, fastuosos estrenos y romances de película dibujaron una década irrepetible. Una era en la que Ernest Hemingway brindaba con Coco Chanel; William R. Hearst flirteaba con Marion Davies; Orson Welles amaba a Dolores del Río; Louis Armstrong interpretaba melodías para Greta Garbo o Gloria Swanson seducía a su amante, Joseph Kennedy.