Carmen Posadas

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La vuelta al rito de los ‘orishas’

Escribir es viajar. Viajar sin movernos de nuestro escritorio, buceando en nuestros recuerdos, en lo que permanece en nuestra memoria. Porque, como decía Gabriel García Márquez, las cosas no son como las vivimos, sino como las recordamos. Por ejemplo, mientras estaba escribiendo La hija de Cayetana, mi última novela, intentaba describir una visita de Trinidad, la protagonista de mi novela, a los orishas con el fin de intentar averiguar el paradero de la hija que le había sido arrebatada. Para construir esta escena tuve que viajar diez años atrás y recordar unas vacaciones en Cuba.

Biografía. Escritora nacida en Perú. Tiene en su haber ser la ganadora del Premio Planeta en 1998.
‘Babalawo’. Sacerdotes de Orunmila u Orula. El orisha de la sabiduría que opera a través del sistema adivinatorio de Ifá.
La Habana. Capital de la isla de Cuba. 23°07′00″N 82°23′00″O

Siempre había deseado conocer La Habana. Durante días me perdí en ese universo de palacios devorados por la decadencia y habitados por los seres más alegres que uno puede imaginar. Pero para poder comprender mejor ese sincretismo que se palpa en cada esquina, sabía que necesitaba asistir a una ceremonia de santería. Me costó convencer a mis compañeros de viaje, y más aún a mis amigos cubanos, pero por fin conseguí fijar la visita a los orishas para un martes por la noche.

Según nos íbamos acercando a nuestro destino, empecé a arrepentirme de mi capricho. La noche era muy oscura, y la falta de alumbrado de aquellos arrabales de la Habana empezó a despertar todos mis miedos. Por fin, el destartalado Lada soviético en el que viajábamos se detuvo frente a lo que parecía una chabola hecha con planchas de zinc. Nos recibió en la puerta un individuo alto y desgarbado que, sin decir una palabra, nos condujo al patio interior de la casa. El escenario no podía ser más prosaico ni más exento de parafernalia, excepto por una estatua de Santa Bárbara, rodeada de ofrendas.

firma-1-02En una especie de corral, tres personas se sentaban dispuestas en círculo. Una de ellas se levantó y nos saludó con una gran sonrisa que destacaba en sus rasgos morenos. Era el Gran Damián, el babalawo. Tendría unos ochenta años, estaba cubierto con un bonete redondo y vestido con una túnica blanca que le llegaba a los pies. Sacó una botella de aspecto sospechoso y nos ofreció una copa. Me guardé mis prejuicios y le di un buen trago; un poco más tranquila gracias al áspero aguardiente, observé como el babalawo encendía un gran cigarro puro y, pronto, el aroma nos envolvió a todos. Después sacudió un ramo de hojas, a la vez que nos rociaba a todos con alcohol que escupía sobre nosotros.

Estaba yo ya pensando en salir corriendo cuando, sin darme tiempo a reaccionar, Damián sacó un gallo de una jaula, sujetó el pico con dos dedos para que no gritara y le cortó el cuello, dejando caer la sangre sobre una de las amigas que me acompañaba, la que más se había resistido a venir a la ceremonia.

Sin reponernos aún del susto, el babalawo nos leyó el porvenir con los caracoles de la fortuna. No voy a desvelar lo que nos profetizó el Gran Damián ni si se cumplieron sus vaticinios. Bueno, una cosa sí voy a confesar: al final de la ceremonia, el babalawo, mirándome con esos ojos oscuros como la tinta, me dijo: “Volverás, volverás a vivir todo esto”. Aunque no crea ni mucho ni poco en la santería, mientras volvía a revivir la escena para mi novela, las palabras de aquel viejo babalawo resonaban como una oración en mi cabeza: “Volverás…”.