Charo Crego

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La mirada del guerrero indio

Acababa de salir de la Frick Collection con la cabeza llena de imágenes. Iba caminando absorta por Nueva York, disfrutando aún de Vermeer, Rembrandt y Goya, cuando me sacaron de mi concentración unas fotos antiguas. El atisbo del rostro aguerrido de un indio americano hizo que los cuadros que hasta entonces se habían disputado mi atención pasaran a un segundo plano.

Eran fotografías grandes y bien enmarcadas. Estaban apoyadas en un árbol, arrumbadas junto a otros objetos, cajas de cosas viejas, pelotas y bates de béisbol. ¿Qué hacían esas fotos en la calle? ¿Estaban realmente tiradas o las habría puesto alguien allí para cargarlas después en un coche?

Me acerqué a un hombre que paseaba a su perro para preguntarle si de verdad todo aquello no tenía ya dueño y podía apropiarme de las fotos. Con mucha simpatía me dijo que sí y me comentó que probablemente su autor era Curtis, un fotógrafo americano de finales del siglo XIX que se había dedicado a la fotografía etnográfica. Las cogí y me las llevé al hotel, sin dudarlo un instante.

[quote_left]Las fotografías que encontré en la basura eran de 1900 y se trataba de indios ute, población nómada que se extendía hasta la frontera mexicana[/quote_left]

Al quitarles el marco comprobé que eran de William Henry Jackson, un fotógrafo de la misma generación que Curtis, que se había especializado en la fotografía de paisaje. Había sido empleado de la empresa constructora de los ferrocarriles americanos y en su andadura había dejado constancia de los inmensos paisajes que iba descubriendo y de los pueblos y culturas que iba encontrando. De él son las primeras imágenes fotográficas de lo que después sería el Parque Nacional de Yellowstone.

Cuando volví a Europa, con mis fotografías como equipaje de mano, busqué en Google hasta averiguar que la Sociedad Histórica de Colorado tenía una colección de fotografías de Jackson que se podía consultar en la red. Tras mirar, uno a uno, los numerosos negativos de ese archivo, cuando ya me estaba ganando el desánimo, encontré mis fotografías de Nueva York. Eran de 1900 y se trataba de indios ute, una población nómada que se extendió por los estados de Colorado, Utah y Nuevo México hasta la frontera mexicana.

Una de las fotos es de un joven, un guerrero, de nombre Pedro, vestido con riqueza y tocado con una pluma de águila; en la otra aparecen cuatro niños, también engalanados, aunque con menos elegancia que Pedro. Los niños mantienen ante la cámara una actitud seria, algo altanera o incluso retadora, mientras que la mirada del joven trasluce más tristeza que orgullo. ¿Quizá la tristeza del guerrero que se sabe ya vencido?

Las fotografías cuelgan ahora de la pared de mi cuarto. La mirada de Pedro me conmueve. En ella siento la ausencia de un mundo y una civilización que ya no existen. La nostalgia de esa mirada se funde con la nostalgia de mi viaje. Mucho mejor que cualquier suvenir imaginable, las fotografías de Jackson traen a mi memoria ese día en Nueva York y su descubrimiento entre las basuras del Upper East en una mañana soleada de abril: son, nunca mejor dicho, mi objet trouvé americano.