Leonardo Padura

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El síndrome de Jerusalén

Desde la perspectiva mística del Monte de los Olivos, Jerusalén se ofrece al viajero con todo el esplendor de sus treinta siglos de historia turbulenta y maravillosa. El sol se pone tras la ciudad sagrada de los judíos, musulmanes, católicos y cristianos de todas las denominaciones, y sus murallas y edificios, de piedras color crema, refulgen con toda la fuerza de su historia magnífica y dolorosa.

Un jueves de la Pascua judía del año 33 de nuestra era, un hombre que había profetizado, entre otras cosas, la ruina de Jerusalén, observó la ciudad desde esta misma altura, antes de retirarse a orar y meditar en el que sería su penúltimo día en El Reino de Este Mundo. Esa noche, en un jardín de la colina, ese hombre iba a ser apresado y llevado a Jerusalén para recibir la condena de morir en la cruz, como los ladrones y criminales, pues ese era su destino inapelable.

La Jerusalén que hoy veo, apacible y cansada bajo la pintura del atardecer, no es la misma que vio aquel Profeta, pues menos de cuarenta años después de su muerte, tal como él había predicho, la ciudad del rey David fue arrasada por los ejércitos del emperador romano Tito, que apenas dejaron en pie algunas piedras… La muralla que hoy la envuelve es obra de Suleimán el Magnífico y de los otomanos que, por varios siglos, dominaron la ciudad. La explanada del Templo no estaba entonces ocupada por la Mezquita plateada y la Mezquita de la Roca –que marca el lugar donde Abraham iba a realizar el sacrificio de Isaac y desde el cual Mahoma ascendió a los cielos–, sino por el Segundo Templo, construido por Herodes el Grande justo donde antes estuvo el Templo de Salomón y que, por supuesto, también fue demolido por los romanos en el año 70. Las cúpulas y campanarios de las iglesias erigidas por la fe que trajo aquel peregrino condenado a la cruz tampoco podían existir, y mucho menos la traza de dos enormes puertas tapidas y marcadas en la muralla, las puertas que solo se abrirán, según la tradición judía, cuando desde esta misma colina del Monte de los Olivos baje el Mesías por ellos aún esperado y entre en Jerusalén para celebrar el Juicio Final.

Esta conmoción afecta a tantos viajeros que cada día llegan a este oasis en el desierto para comulgar entre piedras doradas con sus dioses y con la historia

Pero lo que está allí desde hace treinta siglos, visible e invisible, real y mitificada, es una de las líneas más turbulentas que marcan toda la historia de la cultura occidental y uno de los cauces más trágicos por los que se ha movido y se sigue moviendo: el de las luchas a muerte por razones de fe.

Me ha tocado, a mis casi sesenta años de vida, llegar a tener esta experiencia singular y conmovedora. Y aunque no soy hombre de fe, soy un hombre de cultura y disfruto del privilegio de esta vivencia capaz de remover todos mis sentimientos, conocimientos, incluso mi relajada relación con el misterio de la existencia. Esa conmoción que puede llegar a estados de éxtasis desbordado y que ha sido definida como el síndrome de Jerusalén, que ha afectado y afecta a tantos viajeros que cada día llegan a este oasis en el desierto para comulgar, entre piedras doradas, con sus dioses y con la Historia.