Ada del Moral

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Las Furnas

Nunca antes había soñado tanto con volver a un lugar. A pesar de que la canción de Sabina insista en no regresar a donde hemos sido felices, las Furnas me hacen creer lo contrario. Allí viví mi único milagro. Era una Semana Santa donde me recuperaba de mi tercera operación de cruzado. Arrastraba un dolor crónico que me hacía soñar con desaparecer.

Mi llegada a San Miguel, la más grande de las misteriosas islas Azores, estuvo marcada por una deliciosa brisa salada y extensiones de hortensias aún sin florecer. Las plácidas extensiones verdes estaban salpicadas de vacas bicolores, estilizadas y atentas. Me fascinaron los cuidados paisajes, tan portugueses, con un toque de elegancia atlántica muy especial. A través de Gorreana, la última plantación de té europea, un reducto encantador, me condujo un hermoso gato azabache, tal vez la reencarnación de sus primeros propietarios.

Biografía. Ada del Moral es periodista y escritora. Acaba de publicar Cola de ratón (Punto de vista) una sátira coral madrileña.
Natália Correia. Poetisa azoreña (1923-1993), cuyos versos están profundamente influidos por la naturaleza y el paisaje de sus islas natales.
San Miguel (Azores). Portugal 37° 48′ N 25° 30′ O

En las profundidades del lago verde y el azul, en su soñoliento valle volcánico, parecía habitar un sabio dragón cuyas escamas mandaban delicados brillos a la superficie. En Rabo de Peixe, con sus pueblos de pescadores combativos y sus pequeños cementerios cargados de las historias de cuantos se llevó la caprichosa mar, di cuenta de tesoros marinos en el Botiquín Azoriano, bajo las imágenes del escritor Antero de Quental y la intensa poetisa Nátalia Correia, después de que los sirviera un rudo camarero con ojos de cierva.

Todos estos lugares rodean a la freguesía Furnas, envuelta en fumarolas que la perfuman de azufre. Una vez leí en un cómic de aventuras que allí se situaba la boca del infierno. Pero en esa suerte de pedos terrosos que remueven la tierra grisácea se cuece el delicioso cocido del lugar que probé en Terra Nostra, un hotel o refugio construido en los años treinta del pasado siglo adonde iban dandis y tuberculosos o ambas cosas y que conserva sus elegantes líneas racionalistas, además de un edénico jardín. Los ginkos y camelios, la variedad de flores y los tuliperos señoriales me produjeron la misma emoción que a los Stark de Juego de Tronos sus pálidos arcianos de hojas rojas.

En el centro del bosque yace un lago amarillo a cuarenta grados que mana del centro de la Tierra y que custodian unos patos rojizos que, siempre en parejas, parecen criticar a los humanos sumergidos en su corriente. Dentro me sentía de regreso al vientre materno o al limbo, quizás. Imaginé el palacio de cristal en cuyas escaleras me sentaba, una suerte de morada ideal, y la lluvia sobre mi cabeza, un maná. El lago por la noche era pura magia. Los patos cuchicheaban mientras mi novio y yo nos contábamos las historias más viejas del mundo, también las mejores.

Nadábamos en el mismo corazón del mundo perdido por el hombre y reencontrado casi a ciegas, y mi pierna se soltaba casi por ensalmo. Al quinto día, salí por mi propio pie y con el corazón encogido por marcharme de aquel pueblo de aguas hirvientes y bolos levedos. En la puerta había un pequeño macho cabrío con las barbas manchadas de tréboles y unos testículos resplandecientes que pesaban sobre el suelo. Acaricié su bella cornamenta retorcida y me miró con los ojos amarillos del lago mientras subía el delicado aroma sulfuroso que tanto ha llegado a gustarme.

–Gracias, Señor Lucifer, por darme la oportunidad de creer en algo más que en las tonterías humanas.

He de decir que me dio un par de topetadas antes de subirnos al coche.