Antonio Orejudo

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Ámsterdam y la caseta de los juguetes

Me enamoré de Ámsterdam una noche desapacible y lluviosa. La primera vez que la vi me pareció una urbe futurista y caótica a lo Blade Runner. Pero lo que verdaderamente me sedujo fue su capacidad para transmutarse a la mañana siguiente en una luminosa, ingenua y generosa capital de provincia, con sus casitas de ensueño jalonando las orillas adoquinadas de los canales.

Aquella mañana llevé a mis hijos, que todavía eran pequeños, a un parque con columpios. Me sorprendió que los niños holandeses no llevaran sus triciclos o bicicletas, y que las madres o los padres no fueran cargados con cubos y palas de juguete. Dentro del recinto de juegos había una caseta de madera que contenía bicicletas, triciclos, balones y un sinfín de juguetes que los niños sacaban y metían a su antojo. A nadie se le ocurría coger una bicicleta y llevársela a casa. En primer lugar, porque todo el mundo tiene bicicleta en Holanda. Y, en segundo lugar, porque nadie parecía dudar allí de que aquellos bienes pertenecían a todo el mundo, y que por lo tanto no eran propiedad de nadie, una bella paradoja que los holandeses habían asumido con naturalidad.

Biografía. Escritor (Madrid, 1963). Es autor de las novelas Fabulosas narraciones por historias, Ventajas de viajar en tren o Los Cinco y yo, la más reciente (2017).
Geert Wilders. Político holandés, fundador del Partido por la Libertad, considerado de ultraderecha.
Ámsterdam. Capital de los Países Bajos. 52° 22′ 26″ N 4° 53′ 27″ E

Aquella mañana en el parque me di cuenta de que Holanda era el último país comunista que existía sobre la faz de la tierra. Comunista no en el sentido político, sino en el sentido literal de la palabra. Durante aquel viaje corroboré esa impresión, la impresión de que los holandeses todavía creen –o por lo menos creían– en la comunidad, y en la superioridad de esta sobre los individuos. No era raro encontrar en los barrios de sus ciudades zonas comunes con columpios, salón de baile y comedor, que eran mantenidas por los vecinos y donde se reunían a charlar o a celebrar sus fiestas de cumpleaños.

Esta fuerte conciencia comunal no estaba reñida con la hospitalidad. Holanda ha sido tierra de acogida desde el siglo XV. Sus ciudades están acostumbradas desde entonces a recibir gente que huye. Para acomodar a los recién llegados, ciudades como Ámsterdam o Leiden crearon centros de acogida, una tradición que pervivió hasta los primeros años del siglo XXI. Los asesinatos, primero del político Pim Fortuyn en 2002 y luego de Theo van Gogh en 2005, sacudieron a la sociedad holandesa, que nunca comprendió lo sucedido. Aquella agresión le reveló que su sistema de protección social, heredero de aquellos hospitales del siglo XV, el más generoso de toda Europa, había fallado. Los cuantiosos fondos, financiados con impuestos y dedicados a ayudas y subsidios a los inmigrantes, habían comprado la paz social, pero no habían conseguido una integración social efectiva.

Rota esa paz social, e inmersa toda Europa en una crisis económica, la hospitalidad holandesa entró en crisis, y voces como la de Geert Wilders, que jamás se habrían escuchado en los siglos XV y XVI, empezaron a contar con más y más apoyo.

Volví hace poco a Ámsterdam y pasé por el parque de los columpios. La caseta de madera seguía en pie, pero la puerta estaba cerrada, como si los holandeses hubiesen perdido la ingenuidad provinciana que tanto me sedujo la primera vez que los visité. Aquella caseta de juguetes cerrada me pareció una metáfora de lo que nos está pasando.