Sergi Bellver

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Viajar a cámara lenta

La velocidad a la que solemos viajar por el mundo ya no parece medirse en kilómetros por hora, sino en ubicaciones y fotografías por día en las redes sociales, donde nos mostramos más pendientes de registrar nuestro itinerario ante los demás que de grabar de veras el sentido de la experiencia en nuestra memoria. El calendario laboral obliga a la mayoría de personas a encajar sus viajes en las vacaciones, y todo trabajador tiene derecho a tachar cualquier destino soñado de su lista de pendientes, aunque suponga vislumbrar apenas un atisbo de la India o dedicarle un día a cada gran capital histórica en Europa Central.

Biografía. Escritor y nómada (Barcelona, 1971). Ha publicado el libro de relatos ‘Agua dura’, el cuaderno de viajes ‘Variaciones sobre Budapest’ y la novela ‘Del silencio’.
Cámara lenta. Inventada por el austriaco August Muster en 1904.
Budapest. Hungría 47° 29′ 54″ N 19° 02′ 27″ E

Algunos hemos saltado de esa rueda para elegir una vida nómada casi continua en la que la falta de comodidades materiales se ve recompensada por el lujo más auténtico de nuestros días: el tiempo. Sin embargo, cualquier trabajador tiene también la posibilidad de experimentar la autenticidad del viaje si renuncia al verdadero lastre de nuestro tiempo: la prisa. La lentitud y, a menudo, la renuncia a ver todo lo que las guías señalan como imprescindible, nos ofrece otra perspectiva sobre el mundo, sobre las personas que nos cruzamos en el camino y, por supuesto, sobre nosotros mismos, que no regresaremos indemnes tras la experiencia de un viaje así.

Esa forma demorada de conocer un lugar no implica necesariamente dedicarle seis meses a una gran ruta en la otra esquina del planeta. Puede suceder cerca de casa, en un tramo costero del Camino de Santiago, por los bosques de las serranías de Cádiz o bajo el cielo diáfano de un páramo castellano. Lo único que importa es que el viajero lleve consigo cierta actitud sosegada en la mirada y una buena predisposición ante los imprevistos, que muchas veces traen los mejores hallazgos de un viaje, como un rincón inesperado o un nuevo amigo que no hubiéramos encontrado nunca de seguir la hoja de ruta del turista apresurado. Viajar a cámara lenta nos permite grabar con todo detalle en nuestra memoria el verdadero sentido de la experiencia.

© DEL HAMBRE

Cuando a mediados de los años 90 recorrí durante cuatro meses la Patagonia chilena solo llevé conmigo una cámara desechable y no hice más fotos que las dos docenas que permitía aquel artilugio de cartón, pero si cierro los ojos puedo recordar toda aquella naturaleza en plenitud, desde los volcanes y los alerces del norte a los glaciares del sur. Cuando me ofrecieron una larga residencia de escritura en Oaxaca, apenas salí un par de semanas del mismo valle, pero México entero y su gente se convirtieron para mí desde entonces en una dulce patria de adopción.

Gracias a mi renuncia a la velocidad he tenido grandes experiencias en ciudades como Nueva York, Roma o, sobre todo, Budapest, a donde llegué para una semana y los benditos imprevistos hicieron que me quedara tres meses para escribir allí un libro de viajes y el primer borrador de una novela. Gracias a la cámara lenta, la película de nuestros viajes quizá pierda en público y efectos especiales, pero ganará para siempre en detalle, en vida y en verdad.