Javier Mendoza

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Viajar sin moverse del sitio

Al crecer en una familia sin hermanos, mi mejor amigo fue durante muchos años el aburrimiento. Muy pronto comprendí –instintivamente, como todo lo que se hace de niño– que la manera más divertida de transformar la realidad es la imaginación. Y así, como por arte de birlibirloque, el cuadrante de una alfombra florida se convertía en una batalla naval sin precedentes; las almohadas y cojines, debidamente alineados, eran, de repente, una pirámide maya en la que una princesa india aguardaba ser salvada de sus crueles captores y, por supuesto, el largo y oscuro pasillo delimitaba la profundidad de un abismo habitado por los espíritus de los muertos en aquella casa. Cualquier cosa, en definitiva, menos lo que tenía delante.

Biografía. Escritor y periodista. Acaba de publicar Los funerales vikingos. El desconcierto, con cuentos inéditos de Michi Panero y un relato en el que habla de lo que supuso para él tener a Michi como padrastro, consejero y amigo.
Otfried Preussler. Escritor alemán (1923-2013), esencialmente de libros y cuentos de literatura infantil y juvenil y premio Hans Christian Andersen en 1972.

Quizás por eso un día, cansado de aquellos juegos interminables sin principio ni final y donde, por mucho que me empeñara, siempre acababa ganando yo, decidí hacer caso a mi tía Pilar, profesora de literatura, y coger alguno de los libros que había puesto en mi estantería. Eran todos de la colección Barco de Vapor. Los fui mirando uno a uno y, al final, me decidí, sin ningún motivo aparente, por Las aventuras de Vania el forzudo, de Otfried Preussler. Confieso que he leído de nuevo el cuento con la excusa de escribir este artículo y me ha vuelto a atrapar como aquel día.

Ya desde la primera página no es difícil adivinar por qué me identifiqué inmediatamente con el protagonista de la historia. Vania, el menor de tres hermanos en una familia de campesinos en la árida estepa rusa, es conocido en toda la aldea por ser “un vago redomado”. Lógicamente, sus hermanos, que se parten el lomo en los campos, no le ven con buenos ojos y, menos aún, teniendo en cuenta que goza de la férrea protección de su madre, quien no duda en amenazarles con dejarles sin comer si le hacen algo al pequeño.

El caso es que un día Vania recibe el sencillo encargo de ir a recoger leña y, fiel a sus costumbres, se queda dormido en medio del camino y, cuando despierta, se encuentra con un anciano que le anuncia una extraña profecía: “No eres un vago, tan solo estás cogiendo fuerzas para realizar grandes hazañas y convertirte un día en el más grande zar de la historia”, y le aconseja retirarse durante siete años, tumbado en la repisa de la chimenea, a comer pipas de girasol y no hablar con nadie para conseguirlo. Por supuesto, el niño Vania lleva a cabo el plan del anciano y se convierte en un joven dotado de una fuerza excepcional dispuesto a vivir múltiples aventuras sobrenaturales de las que siempre consigue salir airoso gracias a su corazón generoso y su buen juicio.

Recuerdo que al terminar me di cuenta de que, durante unas horas, había estado en otro lugar, un lugar mejor y más divertido, y empecé a intuir que siempre que quisiera podría coger un libro y viajar de nuevo sin moverme del sitio.