Leila Guerriero

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Irse

Hace mucho un hombre me preguntó: “¿Para qué viajás tanto: para ver paisajes?”. Yo tendría unos 16 años, quizás menos, y la evidencia de que no sabía qué responderle me hizo sentir vértigo. Todavía hoy no tengo respuesta a esa pregunta, pero sí sé que todo viaje se sostiene en la idea de dejar el amparo de la orilla propia para ir hacia una orilla ajena, incierta, en la que algo muy bueno –o muy malo– puede pasar. Cuando viajo por placer, y no por trabajo, literalmente me desconecto y desaparezco: no llevo computadora ni teléfono celular, no reviso mails, no leo diarios y, salvo dos o tres llamadas a mi familia para avisar de que estoy viva, no tengo contacto con nada que no sea el sitio en el que estoy. Pero si hasta hace unos años eso que hago era lo que más o menos hacían todos, ahora la gente se va de casa solo para, apenas poner un pie en tierras remotas, llamar precisamente a casa y decir, enfocando la camarita del teléfono hacia un plato repleto de lo que sea en un restaurante de Praga/DF/Las Vegas/Hawái: “¡Hola, mami, mirá lo que voy a comer!”.

Pertenezco a una raza para la cual hacerse adulto era, precisamente, ganarse el derecho a estar lejos sin dar explicaciones

Con tablets y móviles que regurgitan conexión, la humanidad ha empezado a salir de su casa llevándose su casa a cuestas y los artilugios tecnológicos han devenido cordones umbilicales que transfunden dosis masivas de cercanía y tranquilidad: nada como un buen chutazo de Skype directo a la vena para pulverizar la vertiginosa sensación de estar a diez mil kilómetros de todo lo conocido. Yo he visto, en un rincón remoto de las Filipinas, a un tipo discutiendo con su madre, que estaba en Canadá, acerca de las refacciones de un garaje. ¿Por qué alguien, mientras toma sol en una playa de Bali, siente el impulso irrefrenable de escribirle por WhatsApp a un amigo en Buenos Aires algo como: “Acá hace calor. ¿Y ahí?”? En ferrys y en buses, en bares y en hoteles, en ciudades y aldeas, hay gente que se empeña en borrar la realidad que la rodea, empapelándola con voces y rostros –papi, mami, amigos– de todos los días.

Pertenezco a una raza para la cual hacerse adulto era, precisamente, ganarse el derecho a estar lejos sin dar explicaciones. Lo que hasta hace poco hubiera sido motivo de paranoia –que medio mundo supiera, todo el tiempo, dónde estaba la otra mitad– hoy es la forma en la que los seres humanos eligen relacionarse con urgida desesperación. Yo, lo siento, no. Si llego a un país en cuyos mares se ven arrecifes ardientes y mercados como templos y templos como mercados, mi primer impulso no será llamar a casa para decir “¡Miren dónde estoy!”, sino dejarme vencer por lo que me rodea y, quizás, morirme de nostalgia por todas las vidas que no voy a vivir. Un mundo en el que lo desconocido empieza a ser una idea insoportable es un mundo habitado por niños muertos de miedo que buscan –y siempre encuentran– la forma de no salir de casa.