Luis Landero

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Los viajeros sedentarios

Yo he viajado bastante, no tanto por vocación como por trabajo, primero cuando era guitarrista y me dedicaba al mundo de la farándula, y luego como escritor. Pero de todos mis viajes, los que he vivido con más emoción e intensidad, los inolvidables, los esenciales, los he hecho con Julio Verne, con Defoe, con Stevenson, con Cervantes, con Darwin, con Homero… Y es que yo soy un viajero sedentario, al que le gusta casi más soñar la vida que vivirla.

Cuando llego por primera vez a un ciudad, nada me gusta más que sentarme en la terraza de un café y observar a la gente. Más que los monumentos al uso, me interesa el paisaje humano, el ir y venir de los viandantes, el modo de relacionarse, de vestir, de comer, de desenvolverse en las menudencias del día a día: esto es, la vida captada en sus estratos más leves y fugaces.

Biografía. Escritor (Alburquerque, Badajoz, 1948). Premio de la Crítica y Nacional de Literatura, entre otros. Su última novela se titula ‘La vida negociable’.
Marcel Proust. Escritor francés, autor de ‘En busca del tiempo perdido’, considerada una de las cimas de la literatura mundial del siglo XX.
Argel. Capital de Argelia. 36° 46′ 35″ N 3° 03′ 31″ E

Disfruto con la música callejera, yendo a un mercado y asistiendo al humilde y milenario prodigio de cambiar monedas por peces o tomates. O descubriendo estampas insólitas del latir secreto de una ciudad. Hace muchos años, en Argel, vi una vez a un viejo con una preciosa barba blanca sentado en el suelo frente a una alfombra donde había una gallina y tres pimientos verdes. Esa era toda su mercancía. La gallina estaba viva y reposaba sobre la alfombra con la misma paciencia patriarcal del viejo mercader. Tres horas después, al volver de la kasbah, allí seguían todos igual, la gallina, el viejo y los pimientos.

En Damasco, por el entreabierto de una puerta, capté fugazmente un patio con una gallinas sueltas y, asomado a un balcón, un enorme y bello macho cabrío. En Nueva York me he pasado horas sentado en los parques, viendo a los patinadores, a los niños, a los vagabundos, a los ejecutivos que despachaban su almuerzo, a los jugadores de ajedrez.

Una vez, en La Habana, pedí un ron antes de mediodía y la camarera, que era una muchacha guapísima y con una sonrisa de lo más dulce y luminosa, me dijo: “Ay, ¿tan tempranito ya, señor?”. Muchos recuerdos de aquel viaje se han borrado, pero lo que nunca olvidaré es aquella cara, aquella sonrisa, aquella frase, aquella voz.

Viví unos meses en París y en New Haven, y lo primero que hice en cuanto tuve una vivienda fija fue marcar mi pequeño territorio de gato –mi barrio, mi pueblo–, del que raramente salí ya alguna vez. Y luego, al regresar de mis viajes, recupero las mejores imágenes que ha atesorado mi memoria, y con ellas reescribo mis andanzas. Es decir, después de viajar, me gusta, necesito soñar el viaje. Diríase que la experiencia vital no está completa hasta que no contamos lo vivido.

Decía Proust: “Dejemos las mujeres hermosas para los hombres sin imaginación”. Lo mismo podría decirse de los viajes, aunque en broma, claro está, porque todos los sedentarios guardamos en el fondo a un viajero incansable.