José A. Pérez Ledo

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Turismo interior

El padre de un amigo no ha salido de Madrid en toda su vida. Eso dice él y lo confirma su hijo, aunque yo no me lo creo del todo. Me parece imposible, pero él lo jura y lo perjura y muestra sus fotos y te ofrece sus álbumes y te dice: ¡busca, a ver si encuentras algo! “Madrid Comunidad”, aclara siempre, porque la mili la hizo en Alcalá de Henares y eso ya le pareció la Conchinchina, un lugar absurdo de lejos, qué necesidad habrá de poner cosas fuera de Madrid pudiendo ponerlas dentro.

Miguel, que así se llama, es un enemigo de las maletas, un odiador vocacional de hoteles, playas y paquetes vacacionales. Un militante antiturismo. No solo ha evitado practicarlo durante toda su vida, es que le molesta incluso que otros lo practiquen. Para él, viajar a una ciudad sin conocer del todo la suya propia es poco menos que un esnobismo típico de imbéciles. Y Miguel, según dice, todavía no se sabe Madrid entera. Cuando está a punto, le cambian algo: una calle, una rotonda, un hotel, un monumento.

Como los hijos tienen la obligación de desafiar las neurosis de los padres con neurosis opuestas, mi amigo es un entregado viajero. En cuanto consigue apiñar unos días libres se larga a Nueva York, a Vietnam, a París, a Cádiz, adonde sea con tal de que Madrid quede a la espalda. A Miguel no le entra en la cabeza qué se le ha perdido a su hijo en esos sitios tan abarrotados de extranjeros. Al fin y al cabo, ¿qué es Central Park sino un Retiro con pretensiones? ¿Qué es Praga sino el Madrid de los Austrias con un altísimo índice de rubios?

[quote_left]A Miguel no le entra en la cabeza qué se le ha perdido a su hijo en esos sitios tan abarrotados de extranjeros[/quote_left]

De vez en cuando, algún incauto trata de ponerle a prueba preguntándole dónde tiene Madrid las pirámides, y él responde que en la línea 5, entre Acacias y Marqués de Vadillo. Para la Torre Eiffel no tiene sustituta, así que se limita a un “ya ves tú qué birria de monumento, unos hierros atornillados”, y que donde esté la Puerta de Alcalá o la Cibeles que se quiten Francia y los franceses.

Cuando, el año pasado, Miguel y su esposa cumplieron sus Bodas de Oro, mi amigo quiso regalarles un viaje a París por aquello del romanticismo. Miguel le espetó que lo verdaderamente romántico era haberse querido medio siglo en tan escaso perímetro. Ante tan apabullante lógica, mi amigo optó por un ramo de flores y una cena familiar en el mismo barrio, no muy lejos de casa porque las rodillas de Miguel ya no están para el atletismo.

A lo mejor, algún día, el Ayuntamiento de Madrid le pone una estatua a Miguel en pago a su fidelidad. A él no le hará ni pizca de gracia, claro, porque eso significará que han puesto una estatua nueva y que Madrid vuelve a ser, de nuevo, una ciudad desconocida.