Juan Cruz

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El viaje es un libro

Esta mañana entré en la arena de la playa de Zahara de los Atunes como si entrara en la atmósfera en medio de la que Mersault perpetra su asesinato en El extranjero, la novela escalofriante de Albert Camus. La atmósfera era húmeda, casi vegetal y, hasta donde alcanzaban los ojos, el aire era suposición de la arena. La arena misma, la que pisaba, era igualmente densa, los pies descalzos andaban rebuscando el abrazo del pie con el aire.

De inmediato me vino a la memoria y a la imaginación esa escena que Camus describe como si narrara cómo viene el fin del mundo para una persona, para una playa y para un viaje. Cuando Mersault tiene conciencia de haber disparado, su relato recuerda así lo que sucede y lo que siente: “Comprendí entonces que había roto la armonía del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz”.

El escalofrío húmedo de ese libro me agarró en la adolescencia, en una atmósfera parecida: el cielo de mi pueblo, el Puerto de la Cruz, en Tenerife, era como este de hoy en Zahara de los Atunes, y como el de aquel mediodía en el que se desarrolló el suceso capital de El extranjero. La lectura de aquella historia (el libro empieza así: “Hoy murió mi madre, o ayer, no sé”) llegaba como una mano llena de sangre a la imaginación de aquel adolescente que confundía historia, paisaje, literatura y vida como si fuera un solo puño de humedad y de incertidumbre.

[quote_left]Siempre hay un momento de los viajes en el que ‘El extranjero’ de Camus se aparece como una nube que se hace concreta en un lugar, en un paisaje, en un sentimiento.[/quote_left]

Desde ese entonces ese libro viaja conmigo, y siempre hay un momento de los viajes en el que se aparece como una nube que se hace concreta en un lugar, en un paisaje, en un sentimiento. Esta mañana pasó en Zahara de los Atunes; me conmovió luego entrar en el mar como si fuera Mersault lavándose el rastro de humedad maldita que había quedado en él después de haber “tocado en la puerta de mi desgracia”. Salí del mar, me revolví en la arena, pensé en aquel tiempo en que el libro se me hizo de tantas maneras pegajoso y dediqué el rato de somnolencia ante la inmensidad de la nube a rememorar ese largo viaje que es para mí la vida con El extranjero.

En mi juventud tuve una sensación similar con un libro en el que también aparece un asesinato, en este caso misterioso pero buscado, no casual. Fue con El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald. Lo leí en una playa igualmente luminosa, Quarteira, en el Algarve, a la que de vez en cuando acudía una bruma fugaz. Pero todo el libro, hasta que la situación se vuelve sangrienta, es luminoso, no hay humedad sino sol, ropas suaves, blancas, pálidas mujeres que lloran ante el espectáculo divino y sin nombre de una colección de bellas camisas.

El Gran Gatsby fue, durante mucho tiempo, un largo viaje en mi imaginación y en mi memoria; cuando lo empecé a leer busqué mis ropas más veraniegas, usé las gafas que me parecían adecuadas a la mirada de aquel personaje, Nick, que narraba las situaciones desde una admiración adolescente, entregado a la nobleza asombrada de mirar.

Leí otros libros que fueron viajes, que lo siguen siendo, pero esos viajan conmigo como una sorprendente evidencia: uno no viaja con libros, los libros viajan en uno.