Lorenzo Silva

1904

Reencuentro en Lima

Como antes me sucedió con tantas otras, escribo mientras viajo estas palabras acerca del viaje. De nuevo sobre la butaca de un aeropuerto, ni el mejor ni el peor de los que me ha sido dado conocer. Como también sucedió antes, no es un aeropuerto al que llegue por primera vez.

Paso por Lima, procedente de Argentina y camino de Colombia. Lo reconozco. Al otro lado de la vidriera, sobre el horizonte gris del Pacífico, flota la bruma pastosa de siempre, esa que Lima tiene como tarjeta de visita.

Escribió Thomas Mann en Muerte en Venecia que, a los ojos del hombre que viaja solo, todo se vuelve extraño y alarmante. Depende de lo que el hombre lleve consigo: cierto es que si porta mercancía inflamable, la soledad le proporcionará un fósforo excelente. Sin embargo, y al menos para quienes hemos pasado muchos de nuestros días fuera de casa, y a menudo sin compañía, la experiencia del viaje, convertida en hogar y costumbre, puede ser propicia a la serenidad, a apreciar las cosas de sí y de los otros con esa calma que otras coyunturas no propician.

[quote_left]Viajar solo reduce la ignorancia en lo que toca al reto crucial del conocimiento humano: quién de veras soy, dónde de veras estoy[/quote_left]

Sin ir más lejos, este viaje de hoy. De Buenos Aires a Lima he venido leyendo una magnífica biografía de Walter Benjamin; un tipo que por doquier, en su obra y su vida, invita a pensar más allá de lo consabido. He viajado en turista, como debe ser, corriendo en esta ocasión el pasaje a cargo del contribuyente español, que no puede ni debe pagar caprichos, ni a plumíferos ni a nadie (otra cosa es que haya pícaros que se las arreglen para hacérselos pagar abusando de su confianza). A mi lado, un peruano de aspecto humilde, muy posiblemente un emigrante que retorna a casa para hacer una visita a la familia. Así es como he leído los argumentos con los que Walter Benjamin rechazaba la posibilidad de hablar de “trabajadores intelectuales”, tal y como se puso de moda en su época y su círculo, formado de modo unánime por hijos de familias burguesas, las únicas que podían costear la educación que le convertía a uno en intelectual.

Pienso, mientras observo de reojo al inequívoco trabajador que llevo al lado, que Benjamin, como casi siempre, tenía razón, aunque referida a su tiempo y lugar. Quien ahora lo lee a 12.000 metros sobre los Andes, descendiente de campesinos andaluces y castellanos, ha tenido la fortuna de nacer en una época en la que eso no le vedaba el acceso al conocimiento. Por si alguna vez pudiera despistarse, por virtud de ese aturdimiento que a veces produce la atención ajena, recuerda que todo lo que es y será lo debe al trabajo. Aun trenzando mimbres distintos, no deja de ser un trabajador, como el emigrante que dormita junto a él.

Viajar, en definitiva, reduce la ignorancia, no solo sobre el mundo, sino también en lo que toca al reto crucial del conocimiento humano: quién de veras soy, dónde de veras estoy.