Lucía Taboada

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‘Galifornia dreams’

Hay un hashtag que se extiende como las rotondas en España cada verano. La palabra en cuestión es Galifornia. Puede que ahora mismo os estéis preguntando si existe algún tipo de hermanamiento entre California y Galicia contemplado por la ONU, o si los Beach Boys comieron pulpo en Cangas do Morrazo en algún mediodía de los sesenta. Si afinas el oído puedes escuchar cómo dos señores de Sanxenxo, de esos que crees que nacieron antes de que la propia playa de Silgar brotase de la tierra, hablan de esa Galifornia que parece un territorio mítico ubicado entre el Reino de la Roca y el Reino de la Tormenta.

El término se generó hace años y, desde entonces, se ha convertido en una marca de la comunidad. Engloba todos esos parecidos que unen a California con el territorio gallego, algunos rebuscados, pero más de los que parece a simple vista. El más obvio es el Puente de Rande. San Francisco no tiene una ría con bateas pero tiene su Golden Gate, construcción colgante que se presenta desde cualquier rincón de la ciudad de las cuestas. Los vigueses tenemos nuestro Rande y también nuestras cuestas. Un poco más allá del puente del tesoro escondido hay un islote en el que atracó el Nautilus de Verne. Los días de marea es casi posible tocar la isla de San Simón andando desde la playa de Cesantes. En San Simón no rodó Clint Eastwood, ni posee la leyenda de dos fugados que envían flores cada año a su madre por su cumpleaños. San Simón no tiene el nombre de Alcatraz pero sí la historia. De piratas, leprosería y centro de cuarentena hasta campo penitenciario para presos en pleno régimen franquista. Todos los buques que provenían de latitudes lejanas veían al pasar Rande ese pedrusco en medio del mar con aire de novela de Dennis Lehane.

No es difícil imaginarse a David Hasselhoff metiendo tripa en una de las pistas que rodean el paseo de la playa de Samil

Vigo también tiene algo de Venice Beach y se llama Samil. La playa más larga del litoral vigués reúne ese encanto ecléctico, pintoresco y hortera del famoso arenal de Los vigilantes de la playa. No es difícil imaginarse a David Hasselhoff metiendo tripa en una de las pistas que rodean su paseo. No encontraréis en Samil a hippies bañados por el sol a los que describiría la generación beat, pero sí grupos de portugueses llegados en caravanas de autobuses, equipados como si fuesen a emprender el exilio a la caída del sol. En Samil, los tuppers tienen su propio estatus y conviven con corredores musculados y puestos de venta ambulantes. Tampoco encontraréis surferos en esta playa donde el agua emerge tranquila protegida por la ría y por las Cíes, eternas vigilantes en el horizonte. Pero sí los hay en gran parte del litoral gallego, especialmente en sitios de mareas violentas como Carnota, la playa de Bastiagueiro o la playa de Razo. En Galicia, como en California, el agua está tan fría que purifica. O te metes de golpe o te mete un golpe, una de dos. Tengo un amigo madrileño que lleva intentando entrar desde 2013.

Todavía no han llegado las filloas al Estado de la costa oeste, ni Sillicon Valley a la comunidad riquiña. Pero ahí está ese hermanamiento que ha surgido en las redes sociales, detestado y adorado a partes iguales. Guste o no, Galifornia parece haber llegado para quedarse. En Galicia no habremos creado Apple, pero a Steve Jobs le hubiera apasionado la compota de mi abuela.