Luz Gabás

1862

Cuando una empieza a sonreír con nostalgia al reconocerse con dificultad en una fotografía amarillenta de un soso álbum marrón, mal asunto. Y si la imagen de ese cuerpo delgado, enfundado en unos tejanos desgastados y una mínima camiseta roja, apoyado con actitud atrevida, ligeramente insolente, en la barandilla del Támesis aquel verano de 1989, está a años luz de la que te devuelve el espejo, peor todavía.

Estudiaba yo entonces Filología Inglesa y ese viaje a Londres era un sueño cumplido. Quería verlo todo, tocarlo todo, respirarlo todo. Sentía la misma intensidad emocional tomando una cerveza en The Dickens Inn que en la abadía de Westminster, u observando a los punkis de Picadilly Circus bajo la estatua de Anteros, el dios del amor desinteresado, reflexivo y maduro. Me sentía feliz por recorrer los lugares que en mis lecturas eran palabras hilvanadas en una descripción. Mi alma estaba abierta a nuevas experiencias y no me dolía el cuerpo. Lo único que faltaba para completar mi felicidad era dinero.

Saqué de mi mochila mi pequeño y grueso ‘El Quijote’ de tapas de cuero y calmé mi sensación de hambre chupando las esquinas

Había trabajado el verano anterior y había ahorrado para pagarme ese viaje deseado, pero tenía el dinero justo para el avión y los gastos de una semana. Y no tenía tarjeta bancaria. Me alojé con una amiga (que se iba a quedar varios meses) en casa de un amigo inglés. Para evitar tentaciones y posibles disgustos económicos, escondí en el fondo del neceser dos libras, la cantidad exacta para llegar en tren al aeropuerto de Heathrow el último día. Durante mi estancia, no tomé un solo taxi. No comí en ningún restaurante. No adquirí entradas para los lugares turísticos más visitados, así que me quedé sin entrar en la impresionante prisión de la Torre y sin ver las famosas joyas de la corona. Tres días antes de mi marcha, me alimentaba a base de judías enlatadas y ya no hacía ascos a los sándwiches de atún con mayonesa. A pesar de mis esfuerzos, cuando aterricé en Barcelona, llevaba un día completo sin comer y todavía me quedaba el trayecto de cuatro horas en tren hasta la casa de mis padres, donde pasaría el resto del verano y donde entraría con una radiante sonrisa, orgullosa de mi independencia. Casualidades de la vida, coincidí en el vagón con un compañero del instituto que estudiaba para cocinero y que ese día estaba especialmente hablador. Saqué de mi mochila mi pequeño y grueso El Quijote de hojas de papel de fumar y tapas de cuero y calmé mi sensación de hambre chupando las esquinas, que hoy continúan retorcidas.

Cuando recuerdo aquel viaje, me estremezco. Tengo un móvil que hace unas fotos estupendas y dos tarjetas en la cartera que me sacarían de cualquier apuro. Puedo permitirme probar alguno de esos restaurantes recomendados y me desplazo con frecuencia en taxi. Sin embargo, al mismo dios Anteros, con toda su buena voluntad, le costaría enfundarme en aquella camiseta de Londres. No me importa que mi cuerpo se resienta en el viaje de la vida, pero me preocupa que el espíritu orgulloso, ligeramente insolente, que lo llenaba, comience a amarillear. Por eso, me esfuerzo en ser Londres cada día.