Nuria Claver Cabrero

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Viaje frente al espejo

Buenas noches”, le dice a un rostro que le mira, fatigado, desde el espejo. “Un día más hemos vivido”, le susurra mientras sonríe con ironía, como quien acabara de burlar alguna de las normas que habitualmente nos impone la vida: no cruzar con el semáforo en rojo, no adelantar en línea continua, no fumar en lugares públicos… Y sigue cepillándose el cabello lentamente porque jamás ha sentido prisa por ir a dormir; al contrario, tenderse en la cama a oscuras para desaparecer de este mundo toda la noche y trasladarse a un universo en el que se es y no se es, al mismo tiempo, nunca le ha resultado sugerente. Por ello, acostumbra a retrasar ese momento y, en ocasiones, alarga su sesión de aseo y repasa con detenimiento los surcos que pueblan su frente, las comisuras de sus labios, de sus párpados; en ellos lee las líneas que el tiempo ha ido escribiendo día a día, y que cuentan retazos de una historia que debe ser la suya.

Sin embargo, siente que apenas la recuerda: todo está mezclado en su memoria; las cosas que hizo y las que no hizo, las que simplemente soñó, imaginó y deseó, las que acontecieron por azar o por capricho de las circunstancias.

[quote_left]Soñaré que he regresado a aquel lugar en el que el paisaje es un abrazo que jamás deja de sentirse, del que no se puede olvidar su aire, su luz, su olor…[/quote_left]

Observa de nuevo su rostro y, con gesto de incredulidad, se pregunta: ¿fui yo quien viajó a este país a solas, desprovista de equipaje, dispuesta a empezar de nuevo? ¿Quien recorrió lugares insólitos para dejarlos plasmados, hasta su último detalle, en innumerables páginas que abandonaron el blanco para teñirse del color de los paisajes? ¿Quien, en diversas ocasiones, se convirtió en otros: un profesor de música, una solitaria científica, un afamado fotógrafo, una madre de familia numerosa? ¿Quien decidió tejer con hilos de palabras las urdimbres de otras vidas buscando entre el laberinto del lenguaje los nombres, pronombres, adjetivos, verbos y metáforas necesarios para construir un mosaico de situaciones, lugares y sucesos que pudieran ser narrados y comprendidos?

Con esmerada atención lo escudriña una vez más, enfoca su mirada y sonríe; en sus ojos acaba de encontrar una certeza: su vida no es solo su vida. Ríe abiertamente y celebra el privilegio de haber logrado precipitar algunas más en el tubo de ensayo de la literatura; vidas que, pese a ser imaginarias, no han sido menos reales; que, junto a las alegrías y pesares que han fraguado la suya, han ayudado a trazar los surcos de ese rostro que ahora le mira, sereno y extrañado.

“Hasta mañana”, le dice. “Ahora iré a dormir y soñaré… Soñaré que he regresado a aquel lugar en el que el paisaje es un abrazo que jamás deja de sentirse, del que no se puede olvidar su aire, su luz, su olor; en el que uno es antes de ser quien es, antes de elegir el camino que habrá de convertirse en tantos caminos. Regresaré y encontraré el rostro que guardan las quietas aguas de un lago en el que se reflejan las altas cumbres que contemplé cuando aprendí a mirar, aquellas que velaron mi despertar.

Y soñaré también esos otros paisajes: los que reconozco y los que me reconocen; aquellos que siempre añoro; los que sueño y los que me transportan a un sueño; los que, a primera vista, me aterran y en pocos segundos me subyugan; paisajes que me seducen, me persiguen y, al final, me habitan”.