Víctor del Árbol

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Viajes entre los dedos

Ulises y el accidentado regreso a su patria, Ítaca, es el paradigma del viaje en la literatura. Homero nos relata las vicisitudes de este héroe y su tripulación durante diez largos años para volver a casa: peligros, lugares maravillosos, seres mitológicos, tentaciones, muertes y resurrecciones. Nos habla de Penélope, la reina que teje y desteje un manto mientras espera. Pero de lo que no nos habla la Odisea es de las conversaciones de Ulises con Penélope después del reencuentro, ni de cómo ese viaje le ha cambiado. ¿Es el mismo que cuando partió a la guerra de Troya? ¿Reconoce Penélope al esposo del que se enamoró? Difícilmente. Tal vez Ulises encuentre palabras, metáforas, imágenes capaces de recrear su periplo para los incrédulos que le escuchen. Pero ni ellos ni Penélope podrán entenderle.

Ulises buscará la compañía de sus antiguos compañeros; solo con ellos, que han vivido lo mismo, se sentirá a gusto. Porque Ulises ha cambiado, el viaje le ha cambiado. En muchos sentidos le ha hecho todavía más sabio, más prudente, sus ojos han aprendido a mirar la realidad de otra manera. En definitiva, el viaje le ha descubierto la vastedad del mundo y sus maravillas. Pero aún mejor, el rey de Ítaca probablemente ha hecho un viaje interior del que le resulta difícil hablarle a Penélope o a sus acólitos. Ha conocido sus propios límites, el miedo, la pasión, el deseo, la supervivencia, el goce de vivir que se acrecienta con la proximidad de la muerte. Estoy convencido de que al atardecer, Ulises se aproxima a la playa y contempla el horizonte púrpura. Y cuando Penélope se acerca y le abraza la cintura y le pregunta cariñosamente en qué piensa, él fuerza una sonrisa, y le dice que no piensa en nada. Pero miente. Yo sé que piensa en el viaje. Que añora esa libertad que ofrecen los caminos del mar, del viento o de tierras que le llaman y le incitan como en tiempos hicieron las sirenas que enloquecieron a tantos de los suyos.

Decía Miguel de Cervantes aquello de que quien mucho anda, mucho ve. ¿Y acaso no es eso la vida?

Sin la mirada no existiría el paisaje. El viaje existe porque el hombre camina, un paso y después el otro, siempre peregrino en pos de su destino. Y cada tierra, cada montaña, cada calle, cada ciudad, cada océano, cada puesta de sol no son sino el reflejo de una emoción, de un deseo o de una congoja, de un instante alegre o melancólico. Decía Miguel de Cervantes aquello de que quien mucho anda, mucho ve. ¿Y acaso no es eso la vida? Llenarse los ojos de vidas, de lugares, de experiencias. A veces, cruzar una calle es abrir una puerta a otra realidad, como leer a Julio Verne es salir de la atmósfera o descender a los fondos oceánicos. Un gigante tiene la apariencia de un molino, un soldado prisionero en Argel cambia la historia de la literatura.

Pies, corazón y libros. Y un lugar al que ir. ¿Qué otra razón necesitamos para ponernos finalmente en marcha?