Virginia Yagüe

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Donde ya no hay nílad

Llevaba meses sumergida en la documentación para mi novela La última princesa del Pacífico y el final del siglo XIX había invadido mi vida. Hablar de Filipinas era remitirme al año del Gran Desastre, ese 1898 que había dejado impresa la huella del desánimo en toda una generación. Pero el relato que yo iba a contar no solo estaba lleno de Historia. Tenía en mente a una mujer que debía descubrirse a sí misma y que, para ello, iba a realizar todo un viaje, vital y físico. Esa mujer, Carlota, Lota, había crecido en aquella tierra. A esas alturas yo ya conocía a mi protagonista. Pero me faltaba conocer la tierra que ella consideraba suya.

Era agosto de 2012 cuando llegué a Manila. Encontré una ciudad inmensa, llena de brutales contrastes entre barrios ricos e interminables slums, con una de las áreas metropolitanas más pobladas del mundo. El río Pasig ya no era aquel río del pasado, los puentes y las avenidas, tampoco. La Gran Bahía ya no acogía la llegada de viajeros y el propio Intramuros, reconstruido tras los bombardeos de la II Guerra Mundial, a duras penas mantenía el recuerdo de aquella época pretérita. La puerta del Parian seguía dando paso al barrio de Binondo, que seguía siendo el barrio chino pero que hacía mucho tiempo que había dejado de dar hospedaje a españoles. Estaban las puertas, la muralla, el fuerte… pero el tiempo había sido implacable y me costaba situarme.

[quote_left]Manila proviene de la frase tagala ‘may nilad’. el nílad era un arbusto fácil de encontrar en 1898 y hoy extinto[/quote_left]

Me llevó varios días adaptar mi mirada. Tuve que tener un ramo de sampaguitas en las manos, reconocer la llanura de Bagumbayan donde un monumento honraba la figura de Rizal y comer estofado y adobo. Pero el verdadero pistoletazo de salida para recuperar las pistas de aquel pasado lo dio la lluvia. En Filipinas hay dos temporadas, la seca y la lluviosa. Yo me encontraba en la segunda, en pleno Tag-ulan. Por supuesto que había leído sobre ello, pero no esperaba aquella fuerza. Ver llover con tanta virulencia fue entender lo que cualquier soldado español de Tierra de Campos habría sentido al estar destinado allí. Era imposible resistirse al poder de la naturaleza. Y tras la demostración de su fuerza llegaba la calma y, sobre todo, la brutal belleza de la selva. Observé los caminos bordeados de tamarindos y árboles de la papaya y yaca. Chirimoyas, macopas de color de rosa, tampoys y las rojizas bayas de duhat. Caminos repletos de gentes diligentes, amables y acogedoras, rasgo principal de los filipinos.

Con esa sensación inicié mi camino hacia el norte. Para cuando llegué a Vigan y tuve frente a mi el bravo mar de China ya todo era distinto. En los caminos reconocía la impronta del pasado, también el destino de una tierra que pasó por manos españolas, americanas y japonesas sin que sus gentes o infraestructuras nunca hubieran estado en la preocupación de los que allí tomaban posiciones.

El nombre original de Manila es Maynila. Proviene de la frase tagala may nilad, que significa donde hay nílad. Se trataba de un arbusto que era fácil encontrar en 1898 y que lleva ya mucho tiempo extinto, igual que aquel rastro de pasado colonial del que ya solo es posible reencontrar en impresiones diseminadas por las islas del país. Un pasado borrado y muchas veces ignorado pero que, sin embargo, vive radicado en la esencia filipina. Como el nílad que ya no existe.